Diego se dejó caer en su silla de la oficina, frotándose el puente de la nariz con fuerza para no derrumbarse por completo.
En eso, Leonor tocó y entró sin más. El ruido de sus tacones retumbó en el piso con paso firme, dejando clara su típica actitud mandona:
—Diego, ¿qué onda con los documentos que te dejó Julio ayer para firmar? Préstamelos para checar si no tienen ningún detalle.
Diego agarró la carpeta, sacó la hoja que estaba hasta arriba casi por inercia y le pasó el resto.
Leonor lo vio pálido y con cara de funeral, así que le preguntó preocupada:
—¿Qué traes? ¿Todo bien?
Diego se tapó la cara con las manos y le contestó sin ánimos, como si le hubieran robado la energía:
—Nada. Leonor... ya decidí que me voy a divorciar de Amaya.
—Le voy a dejar a la niña. Lo que ella pida, que se lo quede. Al final estuvo conmigo cinco años y ni siquiera le di una boda en condiciones. La verdad es que le quedé a deber bastante...
Leonor se sacó de onda, pero enseguida cambió a su tono tajante y de cero tolerancia:
—Si le quieres dar dinero para que no se quede desamparada, adelante, siempre y cuando no se pase de lista. Pero, ¿cómo que le vas a dar a la niña? ¡Diego, es tu primera hija! ¡No me salgas con las mentalidades machistas de nuestros papás, hoy en día tener un niño o una niña es la misma bendición!
Diego se quedó callado un buen rato. Sus ojos mostraban un cansancio pesadísimo, producto de tantas noches de insomnio y de traer la cabeza hecha un lío:
—Leonor, Amaya adora a su hija. Jamás me la va a dejar.
—Ya fue mucho desgaste y la verdad es que ya no aguanto. Solo quiero que esto se termine. Hazme el favor de salirte, quiero estar solo un rato.
A Leonor se le quedaron todas las quejas atoradas en la garganta.
Al ver a su hermano tan miserable, a ella también le dolió, pero no podía hacer nada al respecto.
Al final de cuentas, eran broncas de pareja y ahí nadie más podía meterse.
Agarró los papeles y regresó a su oficina arrastrando los pies, para abrirlos uno por uno y ponerse a revisarlos con cuidado...
***
Después de comer al mediodía, Amaya se levantó para salir de la oficina.
Romeo la vio agarrando su bolsa y le preguntó con curiosidad:
—Ami, ¿adónde vas?
Amaya no le había dicho a nadie que Diego ya había accedido a divorciarse.
Ella no era de las que andaba platicando sus planes, prefería callar y mostrar resultados.
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