Melina recordó que su madre, Josefa Ponce, seguía tras las rejas. Todos esos días, los hermanos habían estado moviendo cielo y tierra, desesperados por sacarla de prisión, pero solo se habían estrellado contra un muro legal inquebrantable.
Melina le tenía un odio visceral a Amaya; la habría despedazado con sus propias manos si pudiera.
¡Y ahora resultaba que Amaya, con todo el descaro del mundo, le estaba celebrando el bautizo a su "bastarda" en el hotel más lujoso de Solsepia!
¡Y encima, la familia Muñoz no solo no había sido invitada, sino que ni siquiera les habían avisado!
¡Era una humillación intolerable! ¿Acaso creía que los Muñoz estaban pintados?
Melina miró a Amaya con odio puro, escupiendo sus palabras con furia:
—¡Amaya, maldita golfa! Metiste a mi mamá en la cárcel, ¡y todavía tienes el descaro de organizarle una fiesta a esa bastarda! ¿No tienes vergüenza?
—Vera, ¿se juntaron para molestarte? ¡No les tengas miedo! Tienes el apoyo de la familia Ramos, los Muñoz y los Navarro. ¡No creo que no podamos con este par de desvergonzadas!
Con Melina encendiendo la mecha, Vera se enderezó, recuperando la confianza en un instante:
—¡Sí, Melina! Les dio envidia que mi fiesta tenga una orquesta sinfónica, y pusieron a propósito una cumbia horrorosa a todo volumen.
—Solo vine a pedirles que le bajaran al ruido y... y se juntaron para insultarme. Me dijeron cosas horribles —añadió Vera con voz temblorosa, fingiendo que iba a llorar.
Al verla, Melina le dio unas palmaditas en el hombro para consolarla.
En ese instante, Diego y Leonor también se acercaron.

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