El corazón de Romeo se aceleró, latiendo con tanta fuerza que parecía a punto de saltar de su pecho.
Sus pensamientos se desmoronaron ante la inesperada cercanía de Amaya.
Pero justo cuando su mente divagaba, sintió un repentino escalofrío en la espalda, seguido de un leve ardor punzante.
La voz de Amaya resonó junto a su oído:
—¿Qué pasó? Tienes demasiadas heridas, hasta en la espalda.
—Romeo, ¿te peleaste con alguien? Dime la verdad, ¿fue por mi culpa?
La mente de Romeo regresó a la realidad de golpe, su cordura se restauró en un segundo y su mirada recuperó la frialdad habitual.
Respondió con voz grave y calmada:
—No, no fue por ti. En cuanto a lo que pasó, es mejor que no preguntes.
Amaya terminó de curarle las heridas y, al ver que él guardaba silencio y no quería dar explicaciones, decidió dejar el tema por la paz y no insistir más.
En ese momento, Camilo entró con la fruta ya lavada.
Amaya echó un vistazo y un destello de genuina sorpresa cruzó su rostro.
Eran las mismas frutas que ella solía comprar en su día a día. Ella siempre llevaba un cálculo preciso de los nutrientes y calorías que consumía, y frutas como los arándanos, las fresas y los tomates cherry eran un básico en su dieta.
No se esperaba que Romeo hubiera notado un detalle tan sutil.
Al compararlo con Diego, con quien había trabajado y convivido durante cinco años sin que él supiera siquiera qué frutas le gustaban... Incluso una vez le compró una fruta exótica altísima en azúcar que ella detestaba profundamente... El contraste era, como mínimo, irónico.
Amaya tomó un par de arándanos y tomates cherry, llevándoselos a la boca para masticarlos despacio.
Sofía, por su parte, ya no aguantaba más. Sostenía el postre dulce que había comprado Marcos y se lo comía con auténtico deleite.
Sacó una cucharada y se la acercó a Amaya, levantando las cejas:
—Ami, de verdad está riquísimo, pruébalo.
Amaya apretó los labios, con una actitud de negación absoluta ante los dulces, lo que provocó una carcajada en Sofía.

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