Al ver que estaban a punto de agarrarse a golpes, Camilo se apresuró a intervenir:
—Diego, andas viendo moros con tranchete por todos lados. Primero sospechabas de mí, y ahora te vas contra Romeo. La verdad es que todos vemos a Amaya como una amiga, no hay nada raro como tú te imaginas...
Diego no lo dejó terminar y soltó unas carcajadas apagadas y amargas:
—Sí, claro. Ahora todos son amiguitos de Amaya, y a mí me tratan como un extraño. ¿Qué quieres que piense?
Camilo se quedó sin saber qué contestarle.
Amaya le lanzó una mirada fulminante a Diego:
—¡Ya basta, Diego! Este es un problema entre tú y yo, no tienes por qué meter a los demás.
—Te lo voy a preguntar por última vez: ¿me vas a regresar a mi hija o no? Si dices que no, no te quejes cuando no me tiente el corazón contigo.
Diego vio el odio reflejado en los ojos de Amaya, y sintió que algo se derrumbaba en su interior.
Era evidente que no había dormido en toda la noche; tenía los ojos llenos de venitas rojas y los labios pálidos... Casi sintió el impulso de compadecerse de ella, de ceder.
Pero, si daba su brazo a torcer esta vez, en el futuro...
No, no podía aflojar. Si cedía ahora, su relación con Amaya estaría perdida para siempre. Si iba a mantenerse firme, debía hacerlo hasta el final.
Con ese pensamiento, la dureza resurgió en su corazón, aplastando por completo aquel instante de compasión.
Se armó de valor y sostuvo la mirada de Amaya:
—Yo también ya te lo dije, quiero tener a mi hija unos días conmigo. ¿A poco vas a hacerme un alboroto por una petición tan simple?
—Amaya, tienes que entender que la niña no es de tu propiedad exclusiva. Ella es hija de los dos, ¡y yo también tengo derecho a cuidarla!
El semblante de Amaya se volvió completamente gélido.
Una rabia y frustración indescriptibles se acumularon en su pecho.
Él sabía mejor que nadie lo muchísimo que a ella le importaba su hija. Había sido la familia Muñoz la que, desde el instante en que la niña nació, decidió darle la espalda y hacerla menos.
Pero ahora, justo cuando su matrimonio estaba a punto del divorcio, él decidía montar su teatrito de padre amoroso.

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