—No manches, claro que tú. Tienes cincuenta millones a la mano, esta lanita no es nada —dijo una voz.
Vera no pudo evitar poner los ojos en blanco. Sacó su celular y, de muy mala gana, hizo la llamada.
***
Por otro lado, Diego regresó al coche con Renata en brazos, con el corazón destrozado.
Era evidente que la bebé se había asustado por el ambiente pesado y las luces estroboscópicas del lugar. Tenía la carita empapada en lágrimas y había llorado tanto que estaba ronca.
Diego la abrazó, sintiendo que se le hacía pedazos el corazón:
—Bebé, soy papá. No te asustes, papá te protege.
Mientras la arrullaba con voz suave, la niña pareció sentir un poco de seguridad. Abrió sus enormes ojitos redondos, lo miró fijamente y dejó de llorar.
Padre e hija se quedaron viendo.
Una sensación extraña y maravillosa inundó el corazón de Diego.
Tenía tiempo sin verla y sentía que sus facciones se habían vuelto mucho más expresivas. Sus pupilas oscuras brillaban de vida, su piel era blanca con un tono rosado y su cabello tenía unos ligeros rizos naturales. Parecía una pequeña muñequita de porcelana, tan hermosa que podría salir en la televisión.
Sin poder resistirse, la apretó contra su pecho y le dio un tierno beso en la frente.
Su primer instinto fue sacar el celular para marcarle a Amaya, avisarle que estaban bien y que su hija estaba a salvo.
Pero luego lo pensó mejor. Conociendo el carácter de Amaya, si le avisaba en ese momento, iría corriendo a llevársela.
Llevaba tanto tiempo sin ver a su pequeña.
Solo con tenerla en brazos, sentía que el corazón se le derretía.
De verdad no quería soltarla. Incluso, cruzó por su mente un pensamiento bastante egoísta.
Quería dormir abrazado a su hija por una noche. Solo una noche. Se prometió a sí mismo que al día siguiente se la devolvería a Amaya sin falta.
Con esa idea en mente, Diego le ordenó al chofer que arrancara y los llevara rumbo a la casona de la familia Muñoz.



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