Diego se alarmó de inmediato y entró corriendo. Vio a Josefa cargando a la niña en vertical, apoyando su cabecita en su hombro mientras le daba palmadas en la espalda.
—Mamá, ¿por qué le pegas tan fuerte? ¡Está muy chiquita, la vas a lastimar! —El instinto protector de Diego saltó al instante.
—El doctor Medina me enseñó a hacerlo. Ya se le quitó la fiebre, pero trae tos, y el doctor me dijo que le diera palmaditas para que pueda soltar todo lo que trae en el pecho.
Josefa suspiró agotada.
—Ay, cuidar chamacos es bien cansado. ¿Por qué te trajiste a la niña y no te trajiste a la niñera también? Las muchachas de aquí ya tienen qué hacer, si les pido un extra se ponen sus moños. No querrás que yo me la pase cuidándola todo el día, ¿verdad?
Josefa apenas llevaba un día cuidándola y ya se estaba quejando.
Diego miró a su hija, que no dejaba de llorar y toser de a ratos. Entre eso y las quejas de Josefa, se sintió fastidiado a más no poder.
En ese momento, Rubén bajó las escaleras bien vestido y le dijo a Diego que lo acompañara al despacho.
En cuanto se cerró la puerta del despacho, Rubén le dio un golpe fuerte al escritorio y soltó un suspiro:
—¿Quién demonios está protegiendo a Amaya? Ya moví mar y tierra con mis contactos para sacar a tus hermanas y a tu prima, y nada funciona.
A Diego se le heló la sangre.
—Papá, ¿cómo crees? Ella... lo más que tiene es a Romeo ayudándola a escondidas.
Rubén, con las manos entrelazadas en la espalda, negó con la cabeza, se dio la vuelta y clavó una mirada penetrante en Diego:
—Ya investigué, y no es la familia Ortega la que la está apadrinando. Quién sea, nadie quiere soltar prenda.
—Diego, haz memoria, ¿a qué clase de gente con semejante poder ha conocido Amaya en todos estos años?
Diego se quedó de una pieza.
Si el padrino de Amaya no era Romeo, entonces, ¿quién podía ser?
Durante los últimos años, ella se había partido el lomo trabajando en Grupo Muñoz; casi no salía ni tenía vida social, se la vivía enfocada en su puesto.
Por más que le dio de vueltas al asunto, no logró encontrar una respuesta.
Diego apenas iba a hablar cuando sonó su celular. Era Julio, y se le escuchaba la urgencia en la voz:
—¡Señor Muñoz, hay bronca! ¡Pasó algo gravísimo!
A Diego le saltó un tic en la ceja y frunció el ceño con disgusto:
—Julio, bájale a tus revoluciones. ¿Qué es tan urgente para que andes gritando así?

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