Diego se quedó petrificado.
Al verse lleno de leche y notar lo mal que se sentía su hija, le cayó el veinte de que había subestimado por completo lo difícil que era cuidar a un bebé.
Al ser tan pequeña, ni siquiera podía decir qué le pasaba; él estaba acorralado, sin la menor idea de qué hacer.
Con los gritos tan agudos de la niña, Josefa bajó corriendo las escaleras, envuelta en su bata de dormir.
Cuando vio a Diego hecho un desastre y a Renata con la carita roja del llanto, Josefa se apresuró a traer unas toallas para limpiarle la ropa a su hijo.
Luego, agarró a Renata con cara de asco:
—¡Ay, por Dios! ¡Está empapada de leche! ¿Qué... qué le hacemos? ¡Marta! ¡Elena! ¿Qué hacen ahí paradas? ¡Vengan a llevársela rápido!
Josefa sostenía a Renata casi con las puntas de los dedos, estirando los brazos lo más posible para no mancharse.
Marta y Elena, las empleadas de la casa principal que estaban viendo todo de lejos, por fin se animaron a acercarse. Elena cargó a la niña:
—Mejor hay que cambiarle la ropita a Renata, señora. Yo digo que hasta un baño le caería bien; la leche se le metió hasta el cuello, y si no la bañamos, va a oler muy mal.
Marta se asomó a ver y arrugó la nariz:
—Sí, necesita baño. Ahorita traigo la tina y preparo agua calientita. Ya que la bañemos y se sienta cómoda, va a dejar de llorar.
Para ese momento, Diego ya estaba pegado al celular buscando en Google por qué vomitan los bebés.
En internet decían de todo: unos que por el frío, otros que porque el estómago no estaba bien maduro... Diego se preocupó todavía más.
No sabía si era buena idea bañarla; si se había enfermado por el frío, un baño a esas horas seguro la empeoraba.
Por instinto, pensó en hacer una llamada para consultar qué hacer, pero de inmediato recordó que le había jurado a Amaya que iba a cuidar perfecto a Renata.
Si llamaba para pedir ayuda ahora, existía el riesgo de que la noticia llegara a Amaya, y ella se pondría como loca de la preocupación.

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