Por fin había encontrado la manera de controlar a Amaya.
Su hija era su debilidad; mientras mantuviera a Renata cerca, Amaya no tendría más remedio que ceder.
Cada segundo lejos de la niña sería una tortura para ella.
Diego estaba seguro de que Amaya no aguantaría mucho tiempo haciéndose la dura.
Seguro que a primera hora de la mañana ya estaría en la puerta, con regalos en mano, lista para «disculparse» con la abuela...
Con ese pensamiento, una sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de Diego.
—Así debiste hacerlo desde el principio.
Se escuchó la voz de Rubén desde el jardín, sonando con la seguridad de alguien que ya se las sabe todas.
Caminó lentamente desde las sombras con las manos en la espalda; su rostro serio ahora mostraba pura aprobación.
—Para tratar con las mujeres solo hay de dos sopas: o les hablas bonito o te pones firme. Y como no lograste convencerla por las buenas, tenías que ponerte los pantalones y bajarle los humos de una vez por todas.
Diego volteó a ver a su papá y asintió.
—Tienes razón, papá. Con alguien tan terca como Amaya, que no entiende por las buenas ni por las malas, hay que demostrar quién manda. Ella cree que puede hacer lo que se le dé la gana, pero le voy a demostrar que, si quiero, le puedo cerrar todas las puertas.
Rubén le dio unas palmadas en el hombro, con la mirada de un viejo zorro.
—Así se habla. A los hombres de la familia Muñoz ninguna mujer los puede traer de idiotas. Yo me encargo de arreglar las cosas con Leonor y Melina. Tu único trabajo ahora es tener a Amaya a raya y hacer que pise tierra. Si por fin agacha la cabeza, podemos hacer borrón y cuenta nueva con todo lo que pasó.
Rubén hizo una pausa, dándole un peso especial a sus siguientes palabras:
—Últimamente, las acciones de Grupo Muñoz han estado tambaleándose y la prensa no deja de especular. En este momento crítico, si logramos arreglar las cosas con Amaya y usamos el bautizo de tu hija para calmar las aguas... solo le traerá beneficios a la empresa.
Al escuchar a su padre, Diego sintió un sabor amargo en la boca.
Siempre había odiado esa actitud egoísta y calculadora de su padre, donde solo importaba el dinero; juró que jamás sería así.
Pero, en el fondo, sabía perfectamente que lo que le acababa de hacer a Amaya esa noche era exactamente el tipo de jugada sucia que tanto le asqueaba.
Bien podría haberle avisado a Amaya en cuanto encontró a la niña, pero no lo hizo; prefirió usar a su propia hija...
Había ganado; acorraló a Amaya usando a la bebé.
Pero entonces, ¿por qué no sentía ni una pizca de alegría?
Echó un vistazo a la puerta cerrada a sus espaldas.

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