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Abandonada por ex, mimada por el magnate romance Capítulo 3

Al contestar, escuchó de inmediato la voz de su hermana.

—Elena, ¿qué tonterías estás diciendo? ¿De dónde sacaste la idea de divorciarte? ¡No te lo permito!-

Elena respondió con indiferencia:

—Ya no quiero vivir con él, ni siquiera me quiere...

Vera suspiró antes de contestar:

—Ay, Elena, ¿cómo puedes pensar así? Adriano es tan lindo, caballeroso y exitoso. Haberse casado con él es lo mejor que te pudo pasar en la vida. Si no te quiere, ¿no te has puesto a pensar que a lo mejor el problema eres tú? ¿No será que no lo estás tratando bien?

Vera siempre salía con ese tipo de comentarios.

Y los demás también.

Elena por fin entendía que todo aquello no era más que una forma de controlarla.

Elena no discutió.

No tenía ganas de decir nada.

Solo se sentía exhausta.

Escudándose en que solo quería lo mejor para ella, Vera le fue quitando todo, poco a poco.

A su familia, a sus amigos y hasta el amor.

Al ver que no respondía, Vera sonó más alterada:

—Elena, no hagas babosadas. Aunque no pienses en ti, piensa en mis papás. Ellos te criaron con tanto esfuerzo, ¿vas a pagarles así? ¿Quieres matarlos del coraje?

Clara y su esposo eran muy orgullosos y les importaba mucho el qué dirán; si se enteraban del divorcio, jamás lo aceptarían.

Elena sabía que lo que venía iba a ser muy difícil.

—Tengo cosas que hacer, me tengo que ir. Deja de inventarte historias y no vuelvas a mencionar la palabra divorcio, ¿me oíste?

Vera colgó e inmediatamente llamó a Adriano.

En ese momento, Adriano acompañaba a su padre a ver al jefe de la familia Rivas.

Su familia solo era una rama lejana de los Rivas, pero para cualquiera ya eran absurdamente ricos.

Sin embargo, ellos sabían bien que, comparado con el verdadero jefe de los Rivas, su fortuna no era nada.

Sostenía un celular negro mate entre sus largos y elegantes dedos, haciendo resaltar su impecable piel.

—Sebastián, ¿de verdad compraste ese yate?

Se escuchó la voz curiosa de un amigo al otro lado de la línea.

Sebastián Rivas soltó un ligero «sí».

El amigo exclamó sorprendido:

—¡No manches! ¿Cómo se te ocurrió comprar algo así?

Era un superyate, el máximo símbolo de estatus y poder, pero Sebastián siempre había sido muy discreto y no era de los que seguían modas solo por presumir.

Cabe mencionar que en todo el mundo no se habían vendido ni ciento cincuenta de esos.

Es decir, en todo el planeta, solo había ciento cincuenta magnates con un superyate.

La mayoría de esos multimillonarios mantenían un perfil bajo; la prensa rara vez lograba encontrarlos y figurar en la lista Forbes les tenía sin cuidado.

Tener uno de esos yates costaba una fortuna escandalosa, y mantenerlo era un lujo que solo unos cuantos podían darse.

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