Se levantó tan rápido que sin querer tropezó con un perchero que estaba al lado.
—Cuidado.
Un aroma a madera fresca le llegó de golpe; al alzar la vista, el hombre alto y de postura firme estaba plantado a su lado, sosteniendo el perchero.
No solo se había quitado el abrigo, sino también el saco del traje.
Su camisa negra, de tela firme, tenía las mangas dobladas un par de veces, dejando a la vista sus antebrazos tonificados.
Bajo la cálida luz amarilla, se alcanzaban a notar las venas marcadas en su piel clara.
Todo en él desprendía una fuerza sobria y una sensualidad imposible de ignorar.
El corazón de Elena se le desacomodó en el pecho; le dio las gracias de prisa, retrocedió de inmediato y estuvo a punto de pisarle el pie a Marta.
—¡Ay, Elena! ¿Pues qué traes hoy? Andas con dos pies izquierdos.
La señora la agarró del brazo, con una sonrisa burlona.
—¿Está bien? —Elena se asustó—. ¿La pisé?
—No me tocaste. —Marta le dijo—. Ya está medio feo el clima, mejor vete a tu casa y maneja con cuidado.
Elena no quiso quedarse más tiempo, se aseguró de que estuviera bien, se puso su abrigo y salió.
En cuanto se fue, Marta barrió a Sebastián de pies a cabeza:
—Hoy andas muy raro.
Sebastián también se levantó para agarrar su saco:
—No empiece a echar carrilla. Le encargo mucho el vestido de mi madre.
Marta sonrió:
—Casi nunca vienes por aquí, y cuando lo haces, es entrar por salida. Hoy milagrosamente tuviste la paciencia de esperar casi media hora. ¿Seguro que es por el vestido de tu mamá?
La anciana lo miró con esa expresión de quien ya había entendido más de la cuenta.
Sebastián se mantenía erguido; hasta para ponerse el saco tenía movimientos precisos y elegantes.
Marta se acercó para acomodarle el abrigo:
—Elena es muy bonita, pero ni se te ocurra echarle los perros, ¿eh? La muchacha está casada.
—Ya lo sé.
—¿Ya lo sabes? —La señora se sorprendió—. ¿A poco la conoces?
Sebastián asintió levemente.
Se acomodó los puños de la camisa:
—Pues es por tu culpa. Échale la culpa a que eres un imán de mujeres; se mueren por tirársete encima, pero como tú ni las pelas, no les queda de otra que buscarle por otro lado. A mi abuela ya le pidieron otra vez que te organice una cita a ciegas.
Sebastián era el soltero más codiciado, y no faltaban mujeres de buena familia y de la alta sociedad que lo tuvieran en la mira.
Pero él tenía un carácter dominante, arrogante e inalcanzable. Acercarse a él no era nada fácil.
Gabriel lo conocía a la perfección.
Sebastián se quedó callado.
Gabriel siguió:
—Ya sé que no te importa ninguna de ellas, pero mínimo hazlo por quedar bien con mi abuela. Ni te imaginas de lo que andan chismeando de ti a tus espaldas.
—No me interesa.
—Con ese carácter de la fregada, de verdad no entiendo qué te ven. —Gabriel dijo—: Pero bueno, entre ellas corre el rumor de que debes ser de esos hombres que vuelven loca a cualquiera, de los que no se olvidan fácil...
—Qué bola de estupideces. —Sebastián frunció el ceño—. Ya voy a colgar.
—¡Espérate! —dijo Gabriel—. ¿Cuándo me invitas a dar una vuelta en tu yate?
Sebastián respondió:
—Este fin de semana. Tráete a un par de amigos.

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