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Abandonada por ex, mimada por el magnate romance Capítulo 8

Después de ponerse de acuerdo con la dueña de la tienda, se levantó para ir a recoger su pedido.

En el camino, recibió una llamada de Alina Reyes.

Era su compañera de la universidad y su mejor amiga.

Antes de que Vera se fuera, todos los amigos de Elena se habían puesto del lado de su hermana.

Y luego, tras casarse con Adriano, Elena pasó por una etapa donde su autoestima estaba por los suelos. En esas circunstancias, hacer nuevos amigos era impensable; apenas se atrevía a hablar con la gente.

Pero Alina tenía una calidez natural y una alegría contagiosa que iluminaba todo a su alrededor. Tuvieron que pasar por un par de situaciones juntas para empezar a agarrar confianza.

Con el tiempo se volvieron inseparables, de esas amigas que se lo cuentan todo.

—¡Elena!

La voz de Alina siempre transmitía alegría.

Elena sonrió levemente:

—Alina, ¿qué milagro que me marcas?

Por lo general, siempre se mandaban mensajes.

—¡Pues porque te extraño! —le contestó Alina—. ¿Qué andas haciendo?

—Salí a comprar unas cosas.

—Ya casi termino mis prácticas por acá, nos vamos a comer un día de estos.

—Sale.

—Oye, Elena, te noto rara, ¿todo bien?

Elena lo pensó un momento y decidió decirle la verdad:

—Me voy a divorciar.

Alina pegó un grito en el teléfono:

—¿Qué? ¿Por qué?

Había visto al esposo de Elena de lejos una vez, y se le hizo un chavo alto y bastante guapo.

Aunque le parecía una pena que Elena se hubiera casado tan joven —incluso había pensado en presentarle a algunos parientes solteros—, como quería verla feliz, terminó deseándole lo mejor de corazón.

¿Y ahora resultaba que se divorciaba?

No quería ni un peso de Adriano.

Alguien la llamó del otro lado de la línea, así que Alina se apresuró a decir:

—¡Elena, luego platicamos en persona! Me tengo que ir a trabajar, ¡bye!

Tras colgar el celular, Elena se sintió de mucho mejor humor.

El local al que iba era una vieja tienda de ropa a medida atendida por un matrimonio mayor. Estaba escondida en un callejón y llevaba décadas ahí, aunque casi nadie la conocía.

Elena la había descubierto por accidente cuando era niña.

De hecho, gran parte de su decisión de estudiar diseño de modas había sido por la influencia de esos señores.

El coche no cabía en el callejón, así que tuvo que estacionarse unas cuadras antes.

Bajó del coche, tomó lo que les había comprado y caminó hacia la entrada.

Hacía mucho frío y el cielo estaba gris, como si estuviera a punto de llover.

No había nadie en el callejón, y el viejo árbol de la entrada, ya sin hojas, hacía que todo se sintiera todavía más solo bajo el frío del invierno.

Elena se abrigó mejor con su chamarra y, al levantar la vista, vio la silueta de un hombre saliendo de la sastrería.

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