¿Quién iba a creer que Elena Luna, después de tres años de casada, seguía siendo virgen?
Adriano Rivas estaba borracho; con mucha fuerza, la acorraló contra la fría pared.
Le agarró la barbilla, obligándola a mirarlo.
—¿Quieres que te bese? —dijo Adriano con tono burlón—. ¡Pues te aviso que es imposible! ¡En la vida te voy a tocar!
Elena ya había perdido la cuenta de cuántas veces había escuchado esas palabras.
—Elena, de verdad eres una... —Se acercó a su oído y susurró la palabra—: Ofrecida. Te trato así y todavía te mueres por mí.
Elena apretó los ojos, tratando de contener el temblor que le recorría el cuerpo.
No era la primera vez que la insultaba de esa manera.
Hacía mucho que ella debió haber matado sus sentimientos por él.
Pero el dolor seguía volviendo, terco y cruel, como si nunca fuera a soltarla.
Dicen que hay dolores que te destrozan poco a poco, sin matarte de una vez.
Pero el daño que le hacía Adriano era mil veces más doloroso que eso.
Le dolía hasta el alma, y no tenía a dónde escapar.
Y no solo era porque él no la amara.
Lo peor era que por fin había abierto los ojos a la realidad y se arrepentía de todo lo que había hecho.
Nunca debió creer que algún día podría ablandarle el corazón.
—Elena, ¿con qué cara lloras? ¡Todo esto me lo debes!
Por fin la soltó, se arrancó la corbata y se metió al baño.
Elena se deslizó por la pared hasta caer al suelo, abrazando sus rodillas con impotencia.
Escondió la cara y sus lágrimas empaparon los pantalones de la pijama en silencio.
Llevaba tres años casada con Adriano, y esos mismos tres años había soportado ese infierno.
El cariño y los cuidados que él alguna vez le dio parecían parte de un sueño que ya se había desvanecido.
Solo quedaba una infinita amargura.
Elena se quedó mirando el celular. Se le hizo un nudo en la garganta y una lágrima resbaló hasta el dorso de su mano.
Se sorbió la nariz, respiró hondo otra vez y le mandó un mensaje a Vera Luna.
Vera era su hermana, pero no tenían lazos de sangre.
Elena era huérfana, y Clara y su esposo la habían adoptado cuando tenía poco más de dos años.
Cuando creció, se enteró de que Clara y su esposo tenían una hija que se había perdido. Clara casi se muere de la tristeza en aquel entonces, así que la pareja decidió adoptar a Elena.
Pero para sorpresa de todos, cuando Elena tenía poco más de seis años, encontraron a Vera, que ya tenía ocho.
Desde entonces, la familia Luna tuvo dos hijas.
Solo que una era de su propia sangre, recuperada después de años.
Y la otra era adoptada del orfanato, sin una sola gota de sangre en común.
Clara y su esposo, por supuesto, sabían muy bien a quién preferían.
Pero lo que demostraban, o al menos lo que querían que la gente viera, era que trataban a ambas hijas por igual.

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