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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 57

Zoa no supo cuánto tiempo pasó acurrucada en aquel rincón.

Hasta que el teléfono sobre la mesa comenzó a sonar, obligándola a levantar la cabeza.

Pero no quería contestar.

El teléfono siguió sonando una y otra vez, como si el que llamara estuviera exigiendo su alma.

Zoa entendió que no tenía escapatoria; tenía que responder.

Se levantó con movimientos mecánicos, tambaleándose hasta la mesa, y tomó el celular.

Al contestar, la voz fría y calculada de Cristian resonó en la línea.

—Estoy en la entrada del hospital. Te doy cinco minutos para que bajes.

*Bip, bip, bip...*

Cristian colgó inmediatamente después de dar la orden.

Estaba absolutamente seguro de que Zoa no se atrevería a desobedecer.

Y tenía razón.

No lo haría.

Porque sabía perfectamente que este infierno aún no había terminado.

Zoa se quedó mirando la pantalla del teléfono durante tres segundos.

Luego, abrió una conversación que apenas tenía unos cuantos mensajes.

*«Rio, Cristian me obligó a bajar. Me tengo que ir.»*

*«Rio, gracias por salvarme.»*

*«Y perdón por casi meterte en problemas. Pero no te preocupes, aunque Cristian me obligue, te prometo que no diré nada sobre ti.»*

Después de enviarlos, bloqueó la pantalla.

Tomó un pañuelo de papel y limpió meticulosamente la sangre que le brotaba de las palmas donde se había encajado las uñas.

No había lágrimas de desesperación en sus ojos; al contrario, su mirada era inquietantemente tranquila.

Minutos después, Zoa se puso ropa limpia y abrió la puerta para salir de la habitación.

Y allí, en el pasillo, se encontró con Rio.

No se atrevió a mirarlo a los ojos. Bajó la mirada, dejando que sus largas pestañas ocultaran sus emociones.

Su piel, que de por sí era pálida, bajo las frías luces del corredor parecía de porcelana, suave y translúcida.

Sus labios, ligeramente rojos por habérselos mordido, se veían frágiles y hermosos, pero con un toque innegable de terquedad.

—Rio... adiós.

Dicho eso, Zoa apretó la correa de su bolso y dio un paso para marcharse.

Pero apenas se movió, sintió que algo le sujetaba el brazo con fuerza, jalándola de vuelta hacia él.

La imponente sombra del hombre la cubrió por completo.

Al levantar la vista, Zoa se perdió en la profundidad de los ojos de Rio. Eran como un océano en medio de la noche: silenciosos, pero letales.

Él inclinó un poco la cabeza.

—¿Me enviaste todos esos mensajes solo para decirme adiós?

...

Zoa se quedó sin palabras. Sentía que el cuerpo se le tensaba bajo la intensidad de su mirada.

Capítulo 57 1

Capítulo 57 2

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