Pero Zoa se marchó sin siquiera mirar atrás.
Cristian no reaccionó hasta que la brasa del cigarrillo le quemó los dedos.
Por primera vez, sintió que la mujer que tenía enfrente era una completa desconocida.
Pero no importaba; tendrían todo el tiempo del mundo para volver a conocerse.
Mientras Zoa bajaba las escaleras, se cruzó con varias criadas.
Al ver su estado, primero mostraron sorpresa y luego, un evidente desprecio.
Especialmente la criada que le había abierto la puerta a Rio; sin duda, ella también había sido quien cerró con llave.
Zoa recordaba que se llamaba Lucía.
Era joven, enérgica y siempre había estado a cargo de atender a Cristian.
Lucía se tapó la nariz y boca con exageración.
—Uf, ¿qué es ese olor? —dijo a propósito.
Las demás criadas se rieron por lo bajo.
Lucía levantó una ceja.
—Ah, es olor a zorra.
La Zoa de antes se habría sentido avergonzada, se habría cubierto con la ropa rasgada y habría vuelto corriendo a su habitación con la cabeza gacha.
Pero la Zoa de ahora acababa de ser humillada y tenía el estómago revuelto de furia.
Levantó el balde de agua sucia con el que las criadas estaban limpiando y se lo arrojó a Lucía directamente a la cabeza.
—Tienes la boca muy sucia, te estoy ayudando a lavarla.
—Tú, tú... ¡puf, puf!
Lucía quería insultarla, pero cada vez que abría la boca, el agua sucia se le escurría hacia adentro.
Zoa se ajustó la ropa y la miró fijamente.
—Aunque no lo aceptes, soy la señora Quintero a los ojos de todos. Por esas palabras que acabas de decir, si llegan a salir de esta casa, ¿qué crees que pensará la gente de la familia Quintero?
—...
Lucía apretó los labios, sin saber qué responder.
Zoa no le dedicó ni una mirada más y regresó a su habitación.
Lucía se limpió el agua turbia de la cara mientras escuchaba los murmullos de sus compañeras.
—Déjalo así, después de todo es la esposa del joven Cristian, nosotras solo somos empleadas.
—¿Qué clase de señora es esa? —masculló Lucía, indignada—. ¡Es una cualquiera!
Y con eso, salió corriendo furiosa.
Entre más lo pensaba, más rabia le daba, así que fue directamente a buscar a Doña Leonora.
Apenas la vio, rompió a llorar.
—Doña Leonora, Zoa está seduciendo hombres otra vez.


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