La voz de Cristian era como una serpiente venenosa.
Se deslizó por la espalda de Zoa, enredándose en su cuello y cortándole la respiración.
Ella apretó el frasco de aceite de masaje que tenía en las manos hasta que le dolieron los dedos, solo para obligarse a mantener la calma.
—Me faltó traer una botella de aceite, voy a buscarla. Vístete rápido, las noches de abril son frías y no quiero que te resfríes.
Sin esperar a que Cristian hablara, corrió hacia la puerta.
Apenas levantó la mano, escuchó un clic proveniente del otro lado.
Giró el picaporte con desesperación, pero no cedió.
La puerta estaba cerrada con llave.
—Zoa, te dije que... vengas aquí.
La voz de Cristian volvió a sonar a sus espaldas, pero esta vez carecía de su frialdad habitual; incluso tenía un ligero tono de burla.
Zoa sintió como si le hubieran puesto pesas de plomo en los pies. Sin escapatoria, se giró lentamente.
Mientras hablaba, Cristian ya se había sentado en su silla de ruedas y se acercaba poco a poco.
Los hombres de la familia Quintero siempre se habían destacado por su atractivo.
Incluso con él en silla de ruedas, bajo la luz cálida de la habitación, sus facciones eran tan perfectas que no se le encontraba un solo defecto.
Era apuesto y elegante, con una frialdad que no llegaba a ser cruel.
Exactamente igual que cuando Zoa se enamoró de él en su juventud, pero ahora, al mirarlo, su corazón solo albergaba miedo y resentimiento.
Cristian se detuvo frente a ella y levantó el rostro.
—¿De qué te escondes? Ven aquí.
El hombre volvió a hablar con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Zoa no se movió. Cristian, sin embargo, parecía tener una paciencia inusual ese día y simplemente se quedó observándola a un paso de distancia.
—Zoa, ¿acaso olvidaste los votos matrimoniales que me hiciste?
—...
Zoa se quedó paralizada. En su mente apareció la escena del día en que se casaron.
Cristian estaba sentado a un lado, firmando con un garabato descuidado.
Un contraste abismal con la firma pulcra de Zoa.
Era evidente lo mucho que él detestaba la idea de unirse a ella.
Pero no les quedó otra opción.
Porque el día que Isabella perdió la vida estando embarazada, alguien usó la cuenta de Zoa, sin que ella lo supiera, para publicar fotos íntimas de ella y Cristian.
De la noche a la mañana, Zoa se convirtió en el blanco del odio público.
Al mismo tiempo, Cristian fue tachado de infiel por haberse involucrado con la hermana de su prometida.

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