Zoa no dijo ni una palabra más. Se quedó allí parada, como una muñeca sin alma, mirando fijamente a Cristian con absoluta apatía.
Un destello de confusión cruzó los ojos de Cristian por una fracción de segundo. Luego, apartó la mirada hasta que las puertas del ascensor se cerraron por completo.
No importa, tarde o temprano aprendería a ser obediente.
...
Zoa ni siquiera recordaba cómo había llegado de vuelta a su habitación.
Cuando volvió a la realidad, se dio cuenta de que llevaba sentada un largo rato. En el suelo, su teléfono seguía reproduciendo el maldito video del accidente.
Los comentarios se actualizaban a la velocidad de la luz, pero ella ya no tenía estómago para leerlos.
Al inclinarse a recoger el aparato, tocó por accidente el buzón de mensajes directos.
El mensaje más reciente se abrió de inmediato.
«Es normal que un inválido en silla de ruedas no pueda tener hijos.»
Sumado a todas las propuestas asquerosas que había recibido antes, a Zoa le tomó un segundo entender a qué se refería ese infeliz.
Básicamente le decía que, como Cristian no funcionaba, ¡él sí podía hacerle el favor!
Seguro el siguiente mensaje sería para ofrecerse a ayudarla a tener un hijo.
Zoa le respondió con una sola palabra.
«¡Lárgate!»
El tipo debió asustarse, porque no volvió a molestar.
Pero Zoa estaba al borde del colapso. Levantó el teléfono, lista para estrellarlo contra la pared y terminar con todo de una vez.
Sin embargo, del altavoz salió el llanto ahogado de una mujer.
—Hago esta denuncia pública contra la doctora Jiménez, ginecóloga del Hospital San Andrés.
Un momento.
¿Hospital San Andrés? ¿La doctora Jiménez?
¿No era la misma doctora que le había hecho los estudios a ella?
Zoa bajó el teléfono y miró la pantalla. En el video se veía a una mujer con el cabello revuelto y el rostro pálido e hinchado.
Se veía exactamente igual a como Zoa se había visto en su pesadilla durante el tratamiento in vitro.
La mujer sostenía su documento de identidad y un montón de reportes médicos, y señalaba a la cámara llorando.
—Mi esposo y yo fuimos a hacernos exámenes de fertilidad. Ella me dijo que yo tenía problemas gravísimos para concebir y que nuestra única opción era la fecundación in vitro. Pero la verdad es que era mi esposo quien tenía el problema; él era estéril y no podía embarazar a una mujer.
—Como a mi esposo le daba pánico que la gente se burlara de él, le pagó a la doctora Jiménez para que falsificara mi reporte médico.
—Por culpa de tantos abortos durante el proceso, mi cuerpo, que era completamente sano, quedó destrozado, y ahora sí nunca más podré ser madre.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar