—¿Te atreves a patearme la pierna?
En el pasado, Zoa no solo jamás lo habría pateado, sino que, si él apenas fruncía el ceño, ella se habría arrodillado para revisar sus piernas con desesperación.
Pero ahora, solo se aferró a su toalla y se arrastró hasta la esquina más lejana de la cama.
—Cristian, solo quería que reaccionaras antes de que hicieras algo de lo que te fueras a arrepentir. Tú juraste que en esta vida solo amarías a mi hermana y que jamás la traicionarías. Si ella se entera de lo que intentaste hacerme, ¡no descansaría en paz!
Los muertos no se enojan.
Pero los vivos sí.
Y Cristian amaba tanto a Isabella que no soportaría la idea de ofenderla.
Tal como lo predijo, al mencionar a Isabella, el ceño de Cristian se frunció y su rostro se cubrió de una capa de hielo.
—Tú no tienes derecho a pronunciar el nombre de Isabella. Tú fuiste la que mató al hijo que ella esperaba de mí.
—¿Estás seguro? —preguntó Zoa en voz baja. Su garganta sabía a sangre, y la amargura le calaba hasta el pecho.
—¿Qué dijiste?
Una pizca de duda cruzó por la mirada de Cristian.
Zoa apretó la toalla contra su cuerpo, bajó la vista y ocultó cualquier emoción. —Nada. Sé que el alcohol te confundió. Nunca diré nada sobre esto y no me haré falsas ilusiones.
Cristian volvió a sentarse en su silla de ruedas. Al escuchar sus palabras, sus manos se detuvieron a mitad de arreglarse la camisa.
Pero al segundo siguiente, una sonrisa burlona asomó en sus labios mientras se ajustaba el puño.
—Vaya, qué comprensiva nos saliste.
—Entonces ve al jardín y búscame el gemelo que se me cayó.
Al escuchar eso, Zoa miró por la ventana. Densas nubes negras cubrían el cielo, amenazando con una tormenta.
Sabía que Cristian seguía sin creerle, y esta era su manera de humillarla para que recordara su lugar.
En ese momento, ella podría haberse disculpado, podría haberle suplicado de rodillas.
Si lograba complacer su ego, él le ahorraría el castigo de buscar un gemelo que probablemente ni siquiera estaba ahí.
Pero no quería hacerlo.
Zoa asintió lentamente. —Bien, iré a buscarlo.
—...
La sonrisa de Cristian desapareció de golpe y sus cejas se juntaron con violencia.
Con un fuerte portazo, abandonó la habitación.


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