Era Cristian.
Era la primera vez en años que ponía un pie en esa habitación estrecha.
Al hablar, un fuerte hedor a alcohol mezclado con su respiración caliente golpeó el rostro de Zoa.
Su mirada era como un gancho afilado, clavándose directamente en su piel sin ningún pudor.
Todo el cuerpo de ella se tensó.
Intentó zafarse, pero su cuerpo débil no era rival para la fuerza de Cristian.
Terminó acorralada contra sus rodillas.
Zoa solo pudo aferrarse a la toalla con desesperación, empujando con todas sus fuerzas para mantener a Cristian a raya.
—Cristian, estás borracho. Suéltame.
En medio del forcejeo, unas gotas de agua de su cabello mojado cayeron sobre su hombro.
Su piel, recién salida de la ducha, tenía un tono ligeramente rosado. Las gotas de agua resbalando la hacían lucir como una fruta madura y jugosa.
Demasiado dulce. Excesivamente tentadora.
Y, sin saber desde cuándo, ese rostro dócil y sumiso ahora mostraba un destello de terquedad.
Cada gesto, cada mirada, proyectaba una belleza rota que despertaba los instintos de conquista más salvajes en cualquier hombre.
Le daban ganas de devorarla viva.
Al ver que Zoa se resistía, los ojos de Cristian se entrecerraron. Una de sus manos agarró el nudo de la toalla en su espalda, presionando intencionalmente sobre su herida, haciéndola temblar de dolor bajo su palma.
Con la otra mano, le agarró la barbilla obligándola a mirarlo.
—¿Soltarte? ¿De verdad creíste que por hacerte la mosca muerta frente a Rio, él te iba a proteger?
—Él juega a la devoción, pero es el hombre más despiadado de todos.
Zoa, forzada a mirarlo a los ojos, temblaba por el dolor punzante en la espalda, pero se negó a rendirse.
—¿Despiadado? Es preferible no tener corazón a tenerlo podrido, al menos... ¡Ugh!
Antes de que pudiera terminar, Cristian la arrojó brutalmente contra la cama.
El tirón en la herida fue tan insoportable que se encogió en posición fetal.
Al segundo siguiente, Cristian se levantó de la silla de ruedas, subió a la cama y la inmovilizó por completo con su peso.
Atrapó ambas manos de Zoa, clavándolas contra el colchón, y la miró desde arriba.
—Hiciste todo ese circo para provocarme, ¿verdad? Todo para evitar someterte al próximo tratamiento para el bebé. Perfecto. Te daré lo que quieres.
Cristian comenzó a acariciar la delicada piel de las muñecas de Zoa y bajó la cabeza lentamente, como si fuera a besarla.

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