Al escuchar la voz, Mateo lanzó una mirada a Julián, que estaba detrás de Cristian, y finalmente se hizo a un lado.
—Adelante, joven Cristian.
Cristian entró en el reservado acompañado de sus hombres.
Vieron a Rio de pie junto a la ventana. Al darse la vuelta, su presencia, aparentemente serena, irradiaba una autoridad abrumadora.
Con solo estar allí, bastaba para atraer las miradas de todos.
Esta era la primera vez que Isabella veía a Rio tan de cerca.
La vez pasada, durante aquella entrevista exclusiva, solo había logrado verlo un instante antes de que los guardaespaldas la escoltaran a la salida.
Ahora que podía apreciarlo bien...
A pesar de haber conocido a muchos jóvenes ricos de la alta sociedad, se quedó absorta mirando al hombre frente a ella.
Un hombre tan extraordinario...
Debería haberlo conocido antes.
Así, él podría tratarla con la misma predilección e interés que Cristian; sería maravilloso.
¿Cómo era posible que alguien así estuviera involucrado con una mujer tan cualquiera como Zoa?
Mientras pensaba en esto, Isabella se percató de un bulto sobre el sofá, cubierto por un abrigo.
Sin embargo, la ropa no lograba ocultar todo el cuerpo, y dejaba asomar un mechón de cabello largo.
Bajo el cubrebocas de seda, ella esbozó una sonrisa; luego fingió asustarse y se escondió detrás de Cristian.
—¿Qué es eso? ¿Por qué se mueve?
Cristian siguió su mirada y vio claramente cómo la figura debajo del abrigo se encogía hacia la esquina del sofá.
Si eso no era tener cargo de conciencia, ¿qué era?
Soltó una risa fría.
—Hermano Rio, qué buen ambiente tienes aquí. Ya que nos encontramos, ¿por qué no nos la presentas?
Rio seguía en su sitio, frotando las cuentas del rosario entre su pulgar e índice.
—No es necesario.
Cristian se burló con desdén:
—¿No es necesario o no puedes? Ahora tengo curiosidad, ¿quién será la persona que merece tantos cuidados de tu parte?
Puso especial énfasis en la palabra cuidados, con la mirada tan sombría que parecía a punto de destilar sangre.
No estaba dispuesto a ceder, sino que presionaba a cada paso.
Al ver que los dos hombres se enfrentaban disimuladamente por culpa de Zoa, Isabella clavó la mirada en la persona en el sofá, incapaz de ocultar la malicia en sus ojos.

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