Zoa miraba al hombre que se acercaba lentamente, y en sus ojos vio deseo.
Ella apretó de inmediato la copa de vino que tenía en la mano, lista para aprovechar la oportunidad y arrojársela a Cristian.
Inesperadamente, antes de que pudiera actuar, el celular de Cristian sonó.
Él miró de reojo la pantalla, y el deseo en sus ojos desapareció por completo; incluso la pizca de ternura que le había mostrado a Zoa pareció no haber existido nunca.
A fin de cuentas, Zoa no era tan importante como la persona al otro lado de la línea.
Él alejó la silla de ruedas para contestar, y su voz sonó suave, casi mimosa.
—Está bien, ya lo sé.
Colgó la llamada.
Cristian miró a Zoa.
—Hay un cliente importante aquí, tengo que ir a verlo. Come tú primero.
—Mmm, ve a ocuparte de lo tuyo.
Zoa suspiró aliviada en secreto.
Sin embargo, Cristian no se movió, e incluso frunció el ceño.
—¿No vas a preguntar quién es?
«...»
¿Quién más podría ser?
Isabella, por supuesto.
Zoa realmente no entendía a qué jugaba Cristian.
Si ella preguntaba, ¿él acaso respondería con la verdad?
Pero esta vez, decidió preguntar.
—¿Quién es?
—Un cliente del extranjero, que casualmente está hoy en el restaurante —mintió Cristian sin que se le moviera un solo músculo de la cara.
Ya ven.
Ese tipo de preguntas eran una pura pérdida de tiempo.
—Debe ser muy importante entonces.
Zoa apartó la mirada y bajó la cabeza, por miedo a poner los ojos en blanco.
Al ver su actitud sumisa y creyendo que hacía un berrinche, Cristian enarcó una ceja.
—Espérame aquí.
—Mmm.
Ojalá te vayas rápido.
Ella quería terminar su plan cuanto antes, y terminar con esa cena.
De todos modos, Cristian no iba a volver, e Isabella no le daría la oportunidad de hacerlo.
Cristian se dio la vuelta y se fue.
En cuanto la puerta se cerró, Zoa dejó escapar un largo suspiro y se bebió media copa de vino tinto de un trago para tranquilizarse.
Esperó diez minutos antes de salir del reservado.

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