—¿Sabías que me secuestraron cuando era niña? —Rafaela estaba segura de no haberle mencionado nunca aquel incidente de cuando tenía cinco años.
Liberto pensó que de tanto maldecir debía tener la garganta seca, así que le sirvió un poco más de infusión.
—Sí, lo sabía.
—¿Mi papá también te contó eso? —Rafaela frunció ligeramente sus delicadas cejas.
Él acercó la taza a sus labios. Rafaela los entreabrió y dio un pequeño trago; tenía un sabor dulce y refrescante.
Ese día, el maquillaje de Rafaela era sutil, destacando el tono seductor de su boca. Durante el trayecto en el auto, Liberto ya había comprobado a qué sabían: un suave rastro de fresa. El costo de ese arrebato había sido una sonora bofetada que lo tomó por sorpresa.
Pero él la había recibido sin quejarse.
—Solo fue curiosidad. Se lo pregunté al Sr. Fernández de paso, para conocer un poco más el pasado de mi esposa...
Para describirla, a Liberto le bastaba una sola frase: "Exactamente igual".
De pequeña, encerrada en el sótano oscuro de Pueblo Dorado, era igual a la mujer de ahora. Había crecido hasta convertirse en una belleza deslumbrante, con curvas y rasgos que dejaban sin aliento, pero su temperamento seguía siendo el mismo polvorín. La Rafaela de niña era un barril de pólvora; a la menor provocación, estallaba con una furia irracional.
Una auténtica flor cultivada en invernadero, la típica heredera mimada. Intensa, caprichosa e imparable.
Pueblo Dorado no era precisamente un lugar seguro en aquellos años. Cada rincón escondía algún peligro. En sus callejones oscuros, además de mujeres vendiendo su cuerpo, abundaban casinos ilegales y toda clase de negocios turbios. Si uno no quería morir de hambre, se veía obligado a mancharse las manos.
Muchos niños que vivían allí preferían hacer trabajos sucios antes que morir en la miseria, aunque muchos otros no corrieron con la misma suerte. Liberto era el mejor de todos, pero también el más despiadado. Con apenas diez años, peleaba como un perro rabioso que no le temía a la muerte.
Aquel niño alto con la camiseta blanca hecha jirones que Rafaela había mencionado era el mismo Liberto. Y al hombre que le habían roto las manos, era Miguel...
A decir verdad, Liberto apenas tenía recuerdos de él...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...