—Srta. Rafaela, ¿no deberíamos avisarle a Liberto sobre la mudanza de Miguel? —preguntó Clara con cierta aprensión—. Si se entera por su cuenta, seguro que se enfadará mucho.
Rafaela se sacudió el polvo de las manos y respondió con total indiferencia.
—¿Con qué derecho se va a enojar? Y si lo hace, que se aguante, es karma.
—Cuando trajo a Penélope a nuestra casa para humillarme en mis propias narices, ¿acaso pensó en mis sentimientos?
—Además... ¿quién se cree que es? Si mi padre hubiera aceptado mi relación con Miguel en aquel entonces, ese patán de Liberto seguiría perdido en algún rincón del mundo; yo jamás habría cruzado mi camino con el suyo.
—Así que la señorita aún no ha superado lo que hizo Liberto en el pasado... —murmuró Clara—. Pero si hace esto, ¿no distanciará aún más su relación con él?
Rafaela se quedó mirando absorta aquel estudio largo tiempo cerrado.
—Esto es algo que mi familia le debe. El que menos derecho tiene a reclamar es Liberto.
—En su corazón no solo estoy yo, y él debería saberlo mejor que nadie.
—Si quiere que la boda se celebre, más le vale no meterse en mis asuntos.
Para Clara, la señorita solo hablaba por orgullo.
En el fondo, todo esto no era más que un intento desesperado de provocar los celos y la atención de Liberto.
Pero si el señor Fernández no le daba importancia, ella, como simple empleada, no tenía derecho a opinar.
Por la noche, Rafaela estaba sentada en la cama, intercambiando mensajes con Miguel. Cerca de las nueve, cerró el chat y vio la foto de perfil negra de Liberto. Guiada por un impulso extraño, abrió la conversación con él. Normalmente no solían chatear; si había algo urgente se llamaban, o conversaban de cosas triviales en persona.
El último mensaje entre ellos databa de hacía tres meses.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...