Lauren quería que la tierra se abriera y se la tragara. La verdad era que el concepto no estaba mal, pero los candidatos eran terribles.
—Amén que hay barra libre. ¡Necesito más vino… o vodka! ¡Algo fuerte! —siseó corriendo a la barra con Ava en uno de los descansos—. ¿De dónde los sacan?
—Pues de donde mismo salimos nosotras —se rio Ava—: de los desesperados que buscan algo. ¿Cómo te está yendo?
—¡Estoy a punto de ahorcar a alguno! —Lauren hizo un puchero.
—Respira, respira. Recuerda que solo estás buscando buenos genes -le recordó Ava.
—Ya sé. ¡Dios! ¡A la batalla de nuevo!
Pero la verdad era que la batalla ya estaba perdida de antemano, cuando el próximo tipo se sentó frente a ella.
—Soy muy espiritual, ¿sabes? Leo cartas, hago limpiezas energéticas… Si quieres, luego te leo el aura, pero son veinte dólares.
Lauren se lanzó sobre el botón rojo como si fuera el detonador de una bomba, y el siguiente llegó:
—No me gustan las mujeres con amigos hombres… o amigos en general. Tampoco me gusta que salgan solas, que se vistan provocativas o que opinen mucho. Pero tranquila, no soy celoso, solo sé lo que quiero.
—Una prisionera voluntaria, eso quieres —murmuró Lauren mientras apretaba de nuevo el botón y pasaba el siguiente tarado.
—Te aviso desde ya: no creo en los médicos, las vacunas ni en la ciencia en general. Todo es un invento para controlar a las masas —advirtió un tipo que parecía un modelo de Mister Universo con el cerebro de un avestruz.
—Y apuesto a que también piensas que la tierra es plana —terminó Lauren y antes de que él replicara…—: ¡Eegggr, lo siento, sonó el botón!
Y llegó el próximo, y el siguiente, y el otro.
—La Biblia es clara —dijo uno sin pudor—: “Las mujeres estén sujetas a sus maridos, como al Señor” (Efesios 5:22). Y también “las mujeres callen en las congregaciones… porque es indecoroso que la mujer hable” (1 Corintios 14:34–35). No lo digo yo, lo dice la Palabra. Una mujer debe entender cuál es su lugar.
—¡Pues que Dios te guarde y se le olvide dónde! —exclamó Lauren apretando el botón al mismo tiempo que se levantaba y miraba a su amiga sentada en la mesa contigua—. ¡Maldición, Ava, no puedo hacer esto! ¡Mi bebé se merece un padre guapo, sexy, inteligente…! ¡Estoy buscando un Rolex, y estos no llegan ni a Cassio!


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