—¿Sabes qué es lo más ridículo de todo esto? —espetó Nolan alzando la voz—. ¡Que te creas con derecho a dejarme! ¡Después de todo lo que hice por ti!
Lauren sintió cómo algo le ardía en el pecho.
—¿Hiciste por mí? —repitió—. Me mentiste. Me drogaste. ¡Me quitaste ocho años de mi vida!
—¡Te di un apellido! —le gritó Nolan de repente, perdiendo el control—. Te saqué de la nada. ¡Antes de mí no eras nadie, Lauren!
El grito resonó en toda la casa, y aunque ella se sobresaltó, lo peor para su marido fue ver que no retrocedía.
—¿Crees que el mundo te está esperando con los brazos abiertos? —se burló, señalándola—. Afuera no eres especial. ¡Todo lo que eres ahora lo eres porque yo te lo permití!
Lauren apretó los dientes. Las manos le temblaban, pero no bajó la mirada.
—Tal vez —dijo con la voz rota—. Pero aun así prefiero eso a quedarme contigo y renunciar para siempre a ser madre.
Y ese desafío fue el detonante final.
—¡BASTA! —rugió Nolan, golpeando la mesa con el puño—. Siempre lo mismo. Tu maldito capricho. ¡Un hijo no te hará menos inútil! —Respiraba agitado y ya no discutía: atacaba—. ¡Nadie te va a dar lo que yo te di! —escupió—. Y cuando te des cuenta, va a ser tarde. ¡Pero adelante! —dijo, sacando el teléfono—. Te voy a enseñar cómo funcionan las decisiones de verdad y veamos cuánto dura tu valentía.
Marcó sin apartar los ojos de ella y dio una sola orden:
—Trae los papeles del divorcio. Ahora.
Lauren frunció el ceño, pero menos de veinte minutos después, el abogado de la familia llegó y dejó una carpeta gruesa sobre la mesa.
—Todo está preparado —dijo y Lauren se dio cuenta de que los documentos del divorcio estaban listos.
—¿Esto ya estaba hecho? —increpó a Nolan.
—No soy ingenuo —respondió él—. Sabía que tarde o temprano dejarías de servir. Y para que no te equivoques: te vas con lo que trajiste —le advirtió—. Nada más.


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