CAPÍTULO 6
La sala de espera VIP del Hospital Universitario Central parecía más un funeral anticipado que una reunión familiar.
Toda la familia De la Vega estaba allí. Habían pasado diez años esperando este momento, o quizás, esperando el desenlace fatal que les permitiera repartirse el imperio.
Rodrigo De la Vega, el primo perfecto, estaba sentado con una postura impecable, rodeado de su propia estampa de éxito: su esposa, una mujer de sociedad con sonrisa ensayada, y sus dos hijos casi adolescentes, que miraban sus teléfonos aburridos. Rodrigo tamborileaba los dedos sobre el reposabrazos de cuero, impaciente. Su mirada recorría el pasillo cada vez que se abrían las puertas del ascensor.
En el sofá contiguo, Eleonor y Ricardo, los padres de Alexander, susurraban entre ellos. Eleonor se retorcía un pañuelo de seda entre las manos. Durante una década, su hijo les había prohibido conocer a su esposa bajo el pretexto de respetar los deseos del abuelo y proteger su privacidad. Pero la mente de una madre, alimentada por los rumores de la alta sociedad, había tejido sus propias teorías oscuras.
«Seguro es una mujer de la calle», pensaba Eleonor, con el estómago revuelto. «Una cazafortunas vulgar que aceptó casarse por dinero y a la que Alexander mantiene escondida por vergüenza».
El abuelo Augusto no había querido recibir a nadie. Ni a sus hijos, ni a sus otros nietos. Desde que despertó, con esa lucidez aterradora que siempre lo caracterizó, solo tuvo una exigencia: ver a Alexander y a su esposa.
Cuando los médicos le confirmaron que su nieto "travieso" seguía legalmente casado después de una década, el anciano sintió un alivio profundo que no admitiría en voz alta. El legado estaba a salvo. O eso esperaba.
Las puertas del ascensor privado se abrieron con un tintineo suave.
Todas las cabezas se giraron al unísono.
Alexander salió primero, ajustándose los puños de la camisa, irradiando esa arrogancia natural que solía usar como armadura. Y a su lado, caminando con una elegancia serena que nadie esperaba, iba ella.
Lucía sintió docenas de ojos clavándose en su piel como agujas. Sintió el juicio, la envidia y la curiosidad mórbida de esa gente. Por dentro, su estómago era un nudo de nervios, y sus manos temblaban ligeramente, pero las mantuvo firmes sujetando su bolso de piel.
Ya no era la niña de veintidós años que lloraba bajo la lluvia porque un hombre la había desechado. Tenía treinta y dos años. Era veterinaria. Había salvado vidas, había negociado con proveedores difíciles y había construido su propio camino.
Alexander tenía razón: estaban entrando en un estanque de tiburones. Pero los tiburones no atacan si no huelen sangre.
Lucía alzó la barbilla, mostrando el cuello, y avanzó.
— Buenos días a todos —saludó Alexander, con un tono casual que rozaba la insolencia. Se detuvo en el centro de la sala, poniendo una mano posesiva pero protectora en la espalda baja de Lucía—. Familia, les presento, por fin, a Lucía De la Vega. Mi esposa.
El silencio se rompió con el sonido de las respiraciones contenidas.
Rodrigo se puso de pie lentamente. Sus ojos recorrieron a Lucía de arriba abajo, buscando la grieta, el defecto, la vulgaridad. Buscaba a la "mujer de la calle" que su tía Eleonor temía.
Pero se encontró con una mujer vestida con un traje de lino impecable, sin joyas ostentosas salvo el anillo de compromiso que destellaba en su mano, y con una mirada verde e inteligente que le sostuvo el escrutinio sin parpadear. Era objetivamente bella. Muy bella.
— Vaya —dijo Rodrigo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. El misterio ha sido revelado. Es un placer, cuñada. Empezábamos a creer que eras un mito urbano.
— El placer es mío —respondió Lucía, con voz calmada y educada—. Alexander me ha hablado mucho de ti, Rodrigo.
Era mentira, por supuesto. Alexander no le había hablado de nadie. Pero era lo que una esposa educada diría.
Rodrigo soltó una risa corta.
— Claro. Me imagino. Alexander jamás se casaría con una mujer fea, eso está claro. Aunque me sorprende que te haya mantenido oculta tanto tiempo. ¿Timidez?
— Privacidad —cortó Alexander secamente—. Algo que en esta familia escasea. Ya tendrán tiempo de conocerse y de hacer todas las preguntas impertinentes que quieran. Vamos, Lucía. El abuelo nos espera y odia la impuntualidad.
Sin esperar respuesta, Alexander guió a Lucía hacia la puerta de la habitación 405, dejando a su familia con la palabra en la boca y la curiosidad ardiendo en las venas.
— Lo hiciste bien —le susurró él antes de abrir la puerta.
— Cállate y abre —respondió ella, tensa.
Entraron.
La habitación era una suite de lujo, llena de aparatos médicos que pitaban suavemente. En la cama, incorporado y con una vía intravenosa en el brazo, estaba Augusto De la Vega. A pesar de la palidez y de los años perdidos en la oscuridad del coma, sus ojos grises —idénticos a los de Alexander— conservaban un brillo feroz.
— Alexander —gruñó el anciano, su voz era rasposa pero firme—. Al fin llegaste. ¿Es que no tienes reloj? ¿No tienes teléfono? ¿O es que esperabas a que me muriera de verdad para venir?
Alexander sonrió, acercándose a la cama.
— Abuelo, qué alegría verte despierto. Y sigues tan cascarrabias como siempre. Eso es buena señal.
Augusto agitó la mano, desestimando el saludo de su nieto como si fuera una mosca molesta.
— Cállate, muchacho. Córrete. Quiero ver a mi nieta.
Alexander se hizo a un lado, revelando a Lucía.
Ella dio un paso adelante, acercándose a la cama con respeto, pero sin miedo. Había tratado con la muerte y el dolor muchas veces en su clínica; los hospitales no la intimidaban.
— Buenos días, señor De la Vega —dijo ella con suavidad—. Me alegro mucho de que vuelva a estar con nosotros.
Y lo decía en serio. Había una sinceridad en su tono que desarmó al anciano. Augusto la estudió durante unos segundos eternos. Buscaba falsedad, adulación, miedo. No encontró nada de eso.
— Ven aquí, querida —ordenó él, palmeando el borde del colchón—. Quiero verte más de cerca. Mis ojos ya no son lo que eran.
Lucía se sentó en el borde de la cama. Alexander se quedó de pie, unos pasos atrás, prefiriendo mantener la distancia. Si el abuelo empezaba a interrogarlo sobre detalles íntimos de su vida conyugal, cometería un error en cuestión de segundos. No tenía ni idea de qué color era el cepillo de dientes de su mujer, ni si tomaba café o té.
Augusto ignoró a su nieto y clavó su mirada en Lucía.
— Dime, niña. ¿Cómo te trata este muchacho? Cuéntame. A mí me puedes decir la verdad. Si te ha hecho infeliz, si es un sinvergüenza... dímelo. Tengo el poder de desheredarlo en un segundo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.