CAPÍTULO 2
Diez años pueden ser un suspiro o una eternidad, dependiendo de quién lleve la cuenta. Para Lucía Flores, ha sido una década de construcción meticulosa, ladrillo a ladrillo, cicatriz tras cicatriz.
Desde la firma de aquel contrato bajo la lluvia, su vida dio un giro de ciento ochenta grados, aunque no hacia la dirección que todos hubieran esperado de la "esposa de un millonario". Alexander cumplió su palabra con la frialdad de un banquero: le asignó una residencia —una casona antigua pero bien mantenida en una zona tranquila de la ciudad— y se hizo cargo de las matrículas universitarias.
Cada día primero del mes, una notificación llega al teléfono de Lucía: Depósito recibido. Remitente: Grupo Vega. La suma es exorbitante. Una mensualidad que permitiría a cualquiera vivir sin mover un dedo, viajar por el mundo y comprar ropa de diseñador.
Pero el dinero sigue ahí. Intacto.
Lucía jamás ha tocado un solo centavo de esa cuenta para gastos personales. Es su pequeña rebelión, su forma de mantener la dignidad. "Me pagas la carrera porque ese fue el trato", se dijo a sí misma el primer día, "pero no me vas a mantener". Durante toda la carrera de Veterinaria, Lucía mantuvo sus trabajos de medio tiempo: paseando perros, limpiando mesas en una cafetería nocturna y haciendo guardias en refugios. Se graduó con honores, con ojeras oscuras bajo los ojos y el orgullo intacto.
Ahora, la planta baja de la casa que Alexander le cedió se ha transformado en la Clínica Veterinaria Flores. No es un hospital masivo, pero es el mejor del barrio.
— ¡Sujétalo bien, Luis! —ordena Lucía, con la voz firme pero tranquila.
En la mesa de operaciones, un pastor alemán respira con dificultad. Lucía tiene las manos enguantadas y la mirada fija en el monitor de signos vitales.
Luis, su compañero de universidad y ahora colega, ajusta la sujeción del animal. Luis es un hombre bueno, de sonrisa fácil y paciencia infinita. La mira con una admiración que va mucho más allá de lo profesional, algo que todo el mundo nota menos, aparentemente, Lucía. O quizás ella decide no notarlo.
La traición de Fernando dejó una marca profunda. Ella no confía en los hombres. Lleva la alianza de oro blanco que Alexander le puso en el dedo hace diez años, no como símbolo de amor, sino como escudo. Ese anillo grita "no disponible" y mantiene a raya a cualquiera que intente acercarse demasiado, incluido Luis.
— Pinza —pide ella.
La operación es delicada, una torsión gástrica que requiere precisión. Durante una hora, el mundo exterior desaparece. Solo existen ella, el perro y el ritmo constante del monitor cardíaco.
Cuando termina la última sutura, Lucía exhala y se deja caer el cubrebocas al cuello.
— Buen trabajo, equipo. Ha sido un éxito.
Luis le pasa una toalla pequeña para que se seque el sudor de la frente. Sus dedos rozan los de ella por un segundo más de lo necesario.
— Eres increíble operando, Lu. Tienes un don.
Lucía retira la mano suavemente, rompiendo el contacto.
— Es práctica, Luis. Y estudio. Gracias por la asistencia.
Sale del quirófano y se encuentra con Alina en la recepción. Su amiga está tecleando furiosamente en la computadora, organizando la agenda. Alina sigue siendo el torbellino de energía de siempre, la hermana que la vida le regaló.
— ¿Cómo salió todo? —pregunta sin levantar la vista.
— El perro estará bien. Necesita reposo absoluto. —Lucía se quita la bata quirúrgica y estira los brazos—. Me muero de hambre. ¿Tenemos más citas antes del almuerzo?
Alina revisa la pantalla.
— Solo un par de baños y cortes de pelo, de eso se encarga el técnico. Pero ojo, Lucía, recuerda que a las tres tienes la visita a la finca Los Álamos. Esos caballos no se van a revisar solos.
Lucía asiente, tomando su bolso.
— Perfecto. Aprovecharé que queda de camino para pasar por el orfanato.
Alina detiene su tecleo y la mira con ternura.
— Es increíble cómo pasan los años y tú sigues yendo allí cada semana. Cualquiera pensaría que querrías olvidar ese lugar.
— Son mi familia, Alina. Al igual que tú. No puedo darles la espalda. Además... Tengo que ver a mis niños.
"Sus niños". Mateo y Sofía, dos mellizos de cinco años que llegaron al orfanato hace seis meses tras un accidente trágico. Tienen los ojos grandes y tristes, y una necesidad de afecto que rompe el corazón de Lucía cada vez que los visita. Ella desea adoptarlos con toda su alma. Ha empezado a averiguar los trámites, pero el sistema es lento y burocrático, y su estado civil —legalmente casada pero viviendo sola— complica las entrevistas con las trabajadoras sociales.
— Dales un beso de mi parte —dice Alina—. Y tráeme algo de comer cuando vuelvas, que hoy no me da tiempo ni de respirar.
La tarde transcurre entre los establos. En el orfanato, Lucía se transforma. La doctora seria y eficiente deja paso a una mujer cálida que se sienta en el suelo a jugar con bloques. Mateo se cuelga de su cuello y no la suelta, mientras Sofía le trenza el cabello. Es en esos momentos cuando Lucía siente que la vida tiene sentido, que todo el dolor del pasado valió la pena si puede darle un futuro a estos pequeños.
Regresa a casa al anochecer, agotada pero con el corazón lleno. La clínica ya está cerrada. Alina y ella comparten la planta alta de la casa. Es un arreglo cómodo; se hacen compañía y dividen las tareas domésticas.
Cenan algo ligero en la cocina, comentando los chismes del barrio y los casos médicos del día.
— Luis preguntó por ti tres veces después de que te fuiste —comenta Alina, con una ceja alzada, mientras lava los platos.
Lucía rueda los ojos, sirviéndose un té de manzanilla.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.