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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 6

CAPÍTULO 5

(Diez años atrás)

Augusto de la Vega llevaba un mes en coma. Los abogados de la firma Moretti & Asociados, albaceas del testamento en vida del anciano, habían convocado a la familia para leer las disposiciones de emergencia.

Estaban todos. Eleonor y Ricardo, los padres de Alexander, sentados con una rigidez ansiosa. El tío Roberto, hermano menor del padre de Alexander y eterno aspirante al trono, tamborileaba los dedos sobre la mesa de caoba. Y, por supuesto, estaba Rodrigo.

Rodrigo, el primo. El rival. El hombre perfecto según los estándares de la alta sociedad.

Alexander observaba la escena desde la cabecera opuesta, con la mandíbula tensa. Sabía que estaban allí para verlo caer. Para verlo despojado de su derecho de nacimiento.

Su mente, sin embargo, viajó tres días atrás. Al momento exacto en que comprendió que estaba solo.

(Flashback: Tres días antes de la reunión)

La lluvia golpeaba los cristales del apartamento de Julieta. Alexander caminaba de un lado a otro de la sala, con una copa en la mano y la desesperación erosionando su habitual máscara de indiferencia.

— Estás loco, Alexander —dijo Julieta, dejando la taza de té sobre la mesa con un golpe seco.

Julieta era su ancla. Su amiga más cercana desde el preescolar. Habían compartido los pupitres del colegio privado, los apuntes de la universidad y los secretos que nadie más conocía. Ella era brillante y sensata. Por eso había ido a buscarla.

— Es un contrato, Julieta. Solo un papel —insistió él, deteniéndose frente a ella—. Te daré lo que quieras. Acciones, propiedades, libertad total. Solo necesito que firmes el acta conmigo antes del viernes.

Julieta se puso de pie, cruzándose de brazos. Su mirada, usualmente cálida, estaba cargada de una tristeza que Alexander no supo interpretar en ese momento.

— Por supuesto que no. Todo el mundo sabe que eres un mujeriego, Alexander. Aún no entiendo cómo lograste terminar la universidad. Te la pasabas de fiesta en fiesta, de mujer en mujer, mientras yo me quemaba las pestañas estudiando.

— Eso es pasado. Ahora necesito salvar la empresa.

— Querido, el casamiento y la familia no son para ti —dijo ella con una dureza que le dolió—. No tienes ni idea de lo que significa un compromiso. Crees que todo se arregla con dinero o con una sonrisa encantadora. Pues esta vez no.

— Julieta, por favor. Si no lo hago, Rodrigo se quedará con todo.

— Tu primo ya está casado —replicó ella implacable—. Ya tiene un hijo en camino. Quizás él sea la persona idónea para seguir con el legado familiar. Él proyecta estabilidad. Tú proyectas caos.

Alexander sintió la traición como un golpe físico.

— ¿Estás de su lado?

— Estoy del lado de la realidad. No creo que te dejen sin nada, Alexander. Tienes un fideicomiso. De todos modos, puedes trabajar. Eres inteligente, cuando quieres serlo.

— No te voy a convencer, ¿verdad?

— No. —Julieta bajó la voz, y sus ojos se cristalizaron—. Perdón, pero no. Te cubrí muchas veces, Alexander. Te ayudé con los exámenes, te pasé las tareas, te saqué de comisarías cuando conducías borracho. ¿Y sabes por qué lo hice?

Alexander soltó un suspiro frustrado.

— Porque somos amigos, Julieta. Los amigos hacen eso, se ayudan.

Julieta soltó una risa amarga, negando con la cabeza. Se acercó a él y le tocó la mejilla con una suavidad que lo paralizó.

— No, idiota. Lo hice porque te quiero.

El silencio llenó la habitación. Alexander se quedó helado. Nunca, en todos esos años, se le había ocurrido pensar que Julieta...

— Siempre he estado enamorada de ti —confesó ella, con la dignidad de quien acepta una derrota—. Y por eso mismo no puedo casarme contigo. No podría soportar ser tu esposa trofeo, sabiendo que es una farsa, sabiendo que nunca me mirarás como miras a esas modelos de una noche. Me destruiría.

Alexander no supo qué decir. Por primera vez, se quedó sin palabras.

— Vete, Alexander —dijo ella, dándole la espalda—. Suerte con esto. Pero búscate otra para tu juego.

Alexander salió de ese apartamento sintiéndose más perdido que nunca. La mujer en la que confiaba lo había rechazado por amor. La ironía era cruel. Se subió a su coche y condujo sin rumbo bajo la tormenta, sintiendo que el reloj de arena de su herencia se vaciaba. La suerte parecía haberlo abandonado.

Pero, como todo en la vida de Alexander de la Vega, el destino tenía un sentido del humor retorcido. Esa misma noche, bajo esa misma lluvia, la suerte volvió a ponerse de su lado al encontrar a una novia llorando en la acera de una iglesia.

(De vuelta a la reunión familiar)

— Bien —dijo el abogado principal, el doctor Alarcón, ajustándose las gafas—. Como saben, la cláusula 4B del testamento del señor Augusto es clara. El control del Grupo Vega pasará al primogénito de la línea directa, Alexander, únicamente si demuestra estabilidad conyugal antes de cumplir los veintisiete años. De lo contrario, la presidencia y el control accionario recaerán en el siguiente miembro calificado de la familia: el señor Rodrigo de la Vega.

Rodrigo sonrió. Era una sonrisa amplia y satisfecha. Se reclinó en su silla, alisándose el traje.

— Creo que está todo dicho —intervino el tío Roberto—. Alexander sigue soltero, su reputación está por los suelos y el plazo venció el viernes pasado a medianoche. Deberíamos proceder con la transferencia de poderes. Rodrigo está listo para asumir el cargo.

Los padres de Alexander bajaron la cabeza, avergonzados.

Capítulo 6 1

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