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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 5

CAPÍTULO 4

El Maybach negro circulaba por las calles vacías como una sombra elegante. En el interior, Alexander de la Vega se aflojó el corbatín de seda que llevaba colgado al cuello.

Miró por la ventanilla, viendo pasar los edificios residenciales de clase media.

— Señor —dijo Damián, rompiendo el silencio desde el asiento del conductor—, ¿no deberíamos ir primero a la clínica a ver a su abuelo? Los médicos dijeron que está estable, pero ansioso.

Alexander se pasó una mano por el cabello oscuro, frustrado.

— No, Damián. Ya te lo dije. Mi abuelo abrió los ojos, preguntó si seguía casado y, cuando le dijeron que sí, exigió ver a mi esposa. No quiere verme a mí. Al menos, no solo a mí. Quiere ver el "milagro" de mi estabilidad emocional. Quiere a Lucía.

Damián asintió, manteniendo la vista en la carretera.

— Entiendo.

Alexander suspiró, girando el vaso de whisky vacío que aún sostenía, un remanente de su casa que había traído consigo.

— ¿Qué noticias tienes de ella, Damián?

El guardaespaldas lo miró brevemente por el espejo retrovisor.

— ¿A qué se refiere, señor?

— A qué hace, cómo vive. Hace diez años que no la veo. —Alexander hizo una pausa, buscando en su memoria—. No la recuerdo, Damián. Si me la cruzara ahora mismo en la calle, te juro que no la reconocería. Solo recuerdo que era... pequeña. Y que estaba empapada.

Damián carraspeó, incómodo. Él sí recordaba a Lucía. Él había gestionado cada pago, cada matrícula, cada trámite.

— Señor, la señora Lucía se comunicó conmigo solo para comunicarme la universidad que había elegido. Solo sé que terminó sus estudios con honores hace bastantes años.

— ¿Nunca pidió más dinero? —preguntó Alexander, genuinamente sorprendido. En su mundo, las personas siempre pedían más. Las amantes pedían joyas, los socios pedían porcentajes, los familiares pedían puestos.

— Jamás —confirmó Damián—. Nunca pidió un aumento en la mensualidad, nunca pidió un coche nuevo, nunca hizo un escándalo. De hecho, los informes de gastos de la tarjeta de crédito corporativa que le dimos están vacíos. Cero movimientos en diez años.

Alexander se quedó en silencio, procesando la información.

— ¿Estás seguro?

— Completamente. Ella vive de lo que genera, supongo. O es muy austera.

Alexander sintió una extraña mezcla de admiración y sospecha. Todas las mujeres que se acercaban a él lo hacían por interés. ¿Qué clase de juego estaba jugando Lucía Flores? ¿O acaso era posible que simplemente no le interesara su fortuna?

Intentó reconstruir su rostro en su mente. No era fea. A pesar de haberla conocido en circunstancias deplorables, con el maquillaje corrido y los ojos hinchados, recordaba que tenía una belleza natural, algo salvaje. Unos ojos verdes que brillaban incluso en la oscuridad de aquel coche.

— Espero que siga viviendo en la casa que le asigné —murmuró Alexander—. Sería un problema tener que rastrearla por toda la ciudad a las cinco de la mañana.

— Sigue ahí, señor.

El coche giró en una esquina y se detuvo frente a una casona antigua de dos plantas, con una fachada de piedra y enredaderas que le daban un aire acogedor. Pero había algo diferente. Un cartel de madera elegante colgaba sobre la entrada, iluminado por una luz tenue.

Clínica Veterinaria Flores - Urgencias 24h

Alexander frunció el ceño.

— ¿Qué es esto, Damián? ¿Es una veterinaria?

— Sí, señor.

— No recordaba que hubiera un negocio en esta casa. —Alexander miró la fachada con desaprobación. Él le había dado una casa para vivir, no para montar un comercio—. ¿Desde cuándo permitió esto la inmobiliaria?

Damián apagó el motor y se giró hacia su jefe, con esa paciencia infinita que solo los empleados muy leales poseen.

— Señor, ¿recuerda que su esposa quería estudiar Veterinaria? Esa fue su única condición.

— Sí, lo recuerdo. Pero de ahí a convertir mi propiedad en un zoológico...

— Con todo respeto, señor De la Vega —interrumpió Damián—, usted no tiene propiedad sobre esta casa. Usted se la regaló. Las escrituras están a nombre de Lucía Flores desde hace una década. Ella puede hacer lo que quiera con el inmueble. ¿No lo recuerda?

Alexander se quedó mudo. Sí, vagamente recordaba haber firmado la cesión para "asegurar el trato". Maldijo por lo bajo. Había olvidado cuánto poder le había dado a esa desconocida en su afán por salvar la herencia.

— Bien. Toquemos la puerta.

Bajaron del coche. El aire de la madrugada era helado. Alexander se ajustó la chaqueta del esmoquin, sintiéndose ridículo vestido de etiqueta en medio de un barrio residencial silencioso.

Damián tocó el timbre. Una, dos, tres veces.

Esperaron.

Alexander comenzó a impacientarse. Estaba a punto de ordenar a Damián que derribara la puerta cuando se escucharon cerrojos girando.

La puerta se abrió.

Allí estaba ella.

No era la niña asustada de hacía diez años. La mujer que estaba frente a él irradiaba una fuerza tranquila, incluso recién levantada. Llevaba una bata de dormir sencilla, el cabello castaño ligeramente alborotado y la cara lavada. Pero fueron sus ojos verdes los que golpearon a Alexander como un puñetazo físico. Eran intensos, inteligentes y, en ese momento, gélidos.

Lucía lo observó de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatos de charol, subiendo por el pantalón de sastre, la camisa desabotonada y finalmente llegando a sus ojos grises. No hubo un destello de reconocimiento inmediato, o si lo hubo, lo ocultó perfectamente tras una máscara de indiferencia.

La expresión de ella no era de agrado. Era la mirada que uno le dedica a un vendedor puerta a puerta inoportuno.

Alexander, sintiendo que perdía el control de la situación antes de empezar, decidió usar su mejor arma: el encanto cínico.

— A mí también me da gusto volver a verte, querida esposa —dijo, esbozando esa media sonrisa que solía derretir a las socias del club de campo.

Lucía no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Se cruzó de brazos, cerrando aún más la bata sobre su pecho.

— Son las cinco de la mañana —dijo ella con voz ronca.

El silencio se estiró, incómodo.

— ¿Y bien? —insistió Alexander—. ¿Me dejarás aquí parado frente a la puerta como un extraño? ¿No vas a invitar a pasar a tu esposo a nuestra casa?

Lucía alzó una ceja, incrédula ante la audacia.

— ¿Nuestra casa? —repitió, remarcando la palabra con ironía—. Creo que los papeles dicen otra cosa, Alexander. Esta es mi casa. Y es mi clínica.

Justo en ese momento, una figura apareció detrás de Lucía en el pasillo. Alina, con el pelo revuelto y cara de susto, asomó la cabeza.

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