La sonrisa que se había dibujado en los labios de Rafael se desvaneció. Su mirada se tornó fría.
—Oti, ya no eres una niña. No voy a consentir que uses el rechazo como una táctica para conseguir más cosas, como hacías antes.
Otilia sintió una punzada de ironía.
¿Usar el rechazo como táctica?
Antes de que llegara Juliana, le llovían los regalos. Ella los atesoraba, guardando incluso las cajas.
Pero después de la llegada de Juliana, empezaron a reprocharle que aceptara cosas que no le pertenecían.
Así que aprendió a decir que no.
Pero entonces la acusaron de hacerlo para conseguir aún más, la llamaron codiciosa, repugnante.
Incluso cuando pidió dinero para material universitario, le dijeron: «¿Cómo es que nadie más lo necesita y tú sí? ¡Es pura vanidad!».
»El dinero de los Aguilar no cae del cielo. Te hemos criado durante dieciocho años, no tenemos la obligación de seguir manteniéndote. Si lo quieres, búscate la vida.
Y desde entonces, nunca más les pidió nada.
Al ver que Otilia volvía a girar la cara hacia la ventana, Rafael sintió un nudo en el estómago.
Antes, a Oti le encantaba estar con él, colgarse de su brazo y llamarlo «hermano» con voz melosa. ¿Cómo en solo dos años se había vuelto tan distante?
Seguía resentida por haberla enviado a la Academia. Por eso le ponía mala cara, por eso se comportaba con tanta frialdad.
¡Pues cuanto más se comportara así, más decidido estaba él a corregir su carácter caprichoso!
Así que Rafael también guardó silencio.
Al llegar a casa, fue el primero en bajar del carro, sin esperar a Otilia.
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