A Otilia se le volvieron a enrojecer los ojos.
Parpadeó rápidamente para contener las lágrimas.
—De acuerdo, entonces me quedaré siempre a tu lado, aquí en el hospital, cuidándote.
La única razón por la que había vuelto con los Aguilar era Bruno. Ahora que él estaba en el hospital, no pensaba volver a esa casa.
—No, de ninguna manera —se opuso Bruno—. Una joven no puede pasarse la vida en un hospital.
»Tú te quedas en casa de los Aguilar. Cuando yo me recupere y me den el alta, iré a verte.
De no ser por la grave caída de hace dos años, se habría ido con Oti en ese mismo instante.
Al ver que Otilia iba a replicar, Bruno fingió enfadarse.
—¿O es que ya no me quieres como abuelo?
Sabía que Otilia se había distanciado de la familia.
«¡Esta niña ha debido de sufrir lo indecible!», pensó.
Oti era su única nieta, la joya que la familia Aguilar había criado durante dieciocho años. No permitiría que se fuera para dejarle el sitio a otra.
—Oti, llevo dos años esperando tu regreso —dijo, apretándole la mano—. Me prometiste que te quedarías conmigo, ¡no me falles!
Ante los ojos húmedos de Bruno, Otilia no tuvo corazón para negarse.
Se quedó a su lado, charlando, hasta que el cansancio venció a su abuelo. Entonces, a regañadientes, se fue.
Ver a su nieta después de dos años le había devuelto a Bruno la vitalidad.
Julio, que llevaba casi cincuenta años a su servicio y lo había acompañado en el hospital, fue el primero en notar el cambio.


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