Aunque Miguel no era de Vientario, para alguien con los recursos de Julio, investigar su pasado no fue difícil. Huérfano de padre a los diez años, su madre se había vuelto a casar. Él, perezoso, codicioso y adicto al juego, se había ganado la reputación de ser el vago del barrio. Sin embargo, hacía poco más de cuatro años, este holgazán sin oficio ni beneficio había empezado a recibir dinero. No había montado un negocio ni le había tocado la lotería, pero cada mes, una suma considerable aparecía en su cuenta. La cuenta desde la que se hacían las transferencias era la que los Aguilar habían abierto para Juliana. Y la primera transferencia coincidía, casualmente, con el primer mes de Juliana en la mansión Aguilar.
Al principio eran diez mil pesos, luego treinta mil, cincuenta mil, cien mil. Hace dos años, las transferencias se detuvieron de golpe, justo después de que Otilia fuera "enviada al extranjero".
Tantas coincidencias no podían ser fruto del azar. Julio profundizó en la investigación y descubrió que, cada pocos meses, Juliana retiraba grandes sumas de dinero en efectivo del banco: cientos de miles, a veces incluso millones. El destino de ese dinero era un misterio, pero pocos días después, Miguel recibía una cantidad similar. Una parte la ingresaba en el banco, el resto se lo gastaba o lo perdía en el juego. Julio, meticuloso como siempre, comprobó los gastos de Miguel y confirmó que las cantidades coincidían con las que Juliana retiraba. Además, cada cierto tiempo, Miguel llamaba al celular de Juliana.
Todas las pruebas apuntaban a un secreto inconfesable entre ellos.
Julio siguió tirando del hilo, pero no encontró nada más. Era como si, aparte de esas transacciones, no existiera ninguna otra conexión entre ellos. Y eso lo hizo sospechar aún más. Los Aguilar eran una de las familias más poderosas de Vientario; no cualquiera podía presentarse con una prueba de paternidad y reclamar su lugar. Cuando Juliana apareció, la habían investigado a fondo. Julio había visto los informes, y no había ni rastro de ningún Miguel.
Además, la información que ahora tenía sobre Miguel, aunque parecía completa, era muy superficial en lo que respecta a su familia. Cualquiera podría pasarlo por alto, pero no Julio. Tantos años al lado de Bruno le habían enseñado a desconfiar de las apariencias. Un informe tan pulcro en la superficie pero tan vago en los detalles solo podía significar una cosa: alguien estaba ocultando algo.
No le quedaba más remedio que ir personalmente al pueblo de Miguel.


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