La indiferencia de Otilia enfureció aún más a Cecilia, quien sentía que su madre no merecía tal desprecio. Pero lo que no esperaba era encontrarse de nuevo con Otilia al salir de la habitación, después de dejar a su madre instalada. Era evidente que la había estado esperando.
—¿Qué quieres? —preguntó Cecilia, con frialdad.
—Quiero saber a qué te referías antes —dijo Otilia, yendo directamente al grano—. ¿Por qué sancionaron a la profesora Cáceres por mi culpa?
—¿No lo sabes? —La sorpresa de Cecilia dio paso a una ira aún mayor. ¡Su madre había sacrificado su futuro por esta chica, y ella ni siquiera estaba enterada! Miró a Otilia con desprecio, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Era la elección de su madre y, por mucho que le doliera, tenía que respetarla.
—Vete. No quiero verte —dijo, cortante, dándose la vuelta para marcharse.
—De verdad, necesito saber qué pasó —insistió Otilia, sujetándola del brazo.
—Desde que empecé la universidad, la profesora Cáceres ha sido mi mentora, la persona que más he respetado. Cuando todos me acusaron de plagio, fue la única que creyó en mí. Tengo que entender por qué la sancionaron por mi culpa.


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