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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1228

Abajo, en el restaurante.

Lázaro terminó toda su comida a gran velocidad, tomó una servilleta de papel y se limpió los labios.

Luego, se ajustó los puños del traje y caminó hacia los elevadores.

Las puertas se abrieron y él entró.

Pero Mónica fue tras él:

—Lázaro, espérame.

Él arrugó el ceño de inmediato.

Mónica se mordió el labio, con los ojos llorosos y voz dolida:

—Lázaro, lo lamento.

—Hace rato en el restaurante... de verdad no sabía que mi cuñada estaba ahí.

—Si hubiera sabido que estaba ahí, no te habría llamado.

Con una mano en el bolsillo del pantalón, Lázaro la miró desde arriba con desprecio.

—Mónica, de ahora en adelante no me busques tanto. Para evitar que mi esposa siga teniendo malos entendidos.

Mónica levantó la cabeza de golpe y lo miró con incredulidad.

—¿Por qué?

—Lázaro, ¿solo porque a mi cuñada no le gusta, ya no podemos ni saludarnos?

Dio un paso adelante para tomarlo del brazo, pero él se hizo a un lado, esquivándola.

La mano de Mónica se quedó congelada en el aire, y las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro:

—¡Si la única envidiosa y celosa es ella!

—No tiene la decencia de aceptar a otras personas. ¿Por qué tengo que pagar yo por sus problemas?

—¿Qué he hecho mal? Solo quería volver a como éramos antes... Quería verte como al hermano que siempre fuiste para mí...

—Suficiente.

Lázaro cortó su llanto con voz helada.

En ese instante, el ambiente a su alrededor se volvió tan filoso y hostil como el de una espada recién desenvainada.

Clavó sus ojos en Mónica, con una mirada tan aguda que parecía poder atravesarle el alma:

—Mónica, tú mejor que nadie sabes lo que pasa por tu cabeza.

—No hagas cosas que me decepcionen, ni te atrevas a cruzar mis límites.

No hablaba en voz alta, pero cada una de sus palabras era tan firme como el hierro, resonando como un golpe:

—Y otra cosa... Si vuelves a decir algo en contra de mi esposa...

—Creo que no nos volveremos a ver.

El rostro de Mónica palideció de golpe. Parecía como si un rayo la hubiera golpeado; sus labios temblaban, incapaz de articular ni una sola palabra.

En ese momento, las puertas del elevador se abrieron.

Sin dirigirle una sola mirada más, Lázaro salió caminando.

Al pasar junto a Mariano, no detuvo el paso y ordenó fríamente:

—Llévala al hotel. Luego búscame en el simposio.

Mariano bajó la cabeza rápidamente:

—¡Sí, señor!

Volteó a ver a Mónica, que estaba completamente devastada dentro del elevador, y suspiró para sus adentros.

—Fue un deber, un juramento a su hermano fallecido. Jamás hubo sentimientos personales de por medio.

La cara de Mónica se quedó pálida y sus labios temblaron:

—No... no fue así...

Pero Mariano no le dio la oportunidad de negarlo y prosiguió:

—Así que le pido que no siga actuando como una niña caprichosa, como lo hizo hace tantos años.

—Deje de chantajearlo con su "pasado juntos", porque solo está desgastando la poca consideración que todavía le queda.

Mónica se tambaleó, casi a punto de desmayarse.

Pero una indignación salvaje creció en su interior.

¿Cómo iba a ser solo por su hermano Boris?

Si hacía unos meses, cuando se reconciliaron, Lázaro todavía la trataba con muchísima ternura.

Ella todavía sentía cómo él la protegía y la cuidaba de la misma manera que hace cinco años.

¡Todo había cambiado desde que Karina se entrometió en sus vidas!

Lázaro empezó a marcar distancia y a rechazar todas sus muestras de cariño.

¡Karina había sido capaz de convertir un simple desayuno en un enorme problema de confianza!

¡Seguro Karina le había lavado el cerebro para que fuera cada vez más frío con ella!

Apretó su bolso con todas sus fuerzas, mientras un brillo lleno de maldad asomaba a sus ojos.

Respiró profundo, contuvo el pánico y el enojo que le oprimían el pecho, y miró a Mariano.

—Mariano, pásame el contacto de WhatsApp de Karina.

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