Después de almorzar, fue de inmediato a buscar a Harlene.
Harlene ya se había integrado oficialmente a JS Technologies y estaba trabajando codo a codo con un grupo de genios científicos, ajustando el avance de los experimentos actuales.
Al enterarse de que Karina la buscaba, salió corriendo del laboratorio sin quitarse la bata blanca.
—¿Recordaste algo? —preguntó Harlene con entusiasmo—. ¡Te lo dije! ¡Los deportes extremos son lo mejor para tu condición! ¡Esa sensación de estar a punto de morir estimula la corteza cerebral como nada!
Pero Karina negó con la cabeza con evidente resignación.
—Lamento decepcionarte.
Suspiró con pesadez.
—No solo no recordé nada, sino que ni siquiera sentí algo. No tengo idea de qué está fallando.
Harlene la miró sorprendida.
—¿Qué clase de deportes extremos hiciste estos días?
Karina le detalló sus actividades. Básicamente, se había la pasado saltando en paracaídas.
—Solo me dio miedo las dos primeras veces. Después, se volvió pura adrenalina, pero el terror desapareció por completo.
Al escucharla, Harlene puso los ojos en blanco con exasperación.
—¡Pues claro!
De inmediato señaló la raíz del problema:
—¡No puedes hacer todos los deportes extremos acompañada de tu esposo!
—Él es un hombre que transmite demasiada seguridad. Si te protege a cada segundo, ¿cómo esperas que tu subconsciente perciba algún peligro real?
Harlene se encogió de hombros.
—Incluso en la situación más arriesgada, tu cerebro sabe que tu esposo va a salvarte. Obvio no vas a sentir que te mueres.
—¡Lo que buscamos con la terapia extrema es esa sensación de desesperación, de estar sola contra el mundo!
Karina lo entendió todo de golpe.
Con razón estaba exhausta y ni siquiera había rozado un fragmento de sus recuerdos perdidos.
Todo era culpa de la abrumadora seguridad que le daba Lázaro.
Al parecer, había actividades que definitivamente no podía hacer con su marido.
—De acuerdo, lo entiendo. Iré a intentar de nuevo.
...
Karina regresó al acantilado donde se hacían los clavados.
Caminó hacia el borde, dispuesta a lanzarse un par de veces más.
Pero en cuanto el instructor la vio, se puso pálido como un fantasma.
—¡No, no, no! ¡Directora Leyva, por favor, no salte!
El instructor se negó rotundamente. El accidente de la vez pasada lo había dejado traumado.
—¡Si le llega a pasar algo, su esposo me mata!
Mientras discutían, Amelia Barrios se acercó.
—Patrona, tiene un mensaje en el celular.

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