—Últimamente tuve unos asuntos en casa y se me juntó todo. En cuanto los arreglé, me vine para acá.
—¡Ja! ¿A poco crees que la empresa es tu casa? ¿Que vienes y te vas cuando se te da la gana? —Liliana soltó una risa burlona.
Mónica pensó: «Pues… sí es mi casa».
Liliana resopló y se fue a la oficina del gerente.
—Gerente, ¿qué onda con Maribel? ¿No se había ido hace rato? ¿Por qué volvió? Según el reglamento, a alguien como ella se le cuenta como falta injustificada y se le corre.
El gerente suspiró.
—Señora Liliana, yo tampoco sé. Yo también pensé que ya no iba a regresar. Pero aquí anda otra vez… y lo peor es que ya lo escalamos y allá arriba no autorizan que la despidamos. Sin el documento, no podemos correrla.
—¿Entonces… tiene palancas? —Liliana por fin cayó en cuenta.
—Puede ser. Yo le he dado vueltas a eso. A lo mejor es hija de algún directivo y vino “de práctica”, pero a alguien no le cae y la quiere fuera. Por eso nos traen haciendo el trabajo sucio.
A Liliana se le encogió el estómago.
—¿Cómo que tiene palancas? Entonces… con todo lo que yo le he hecho, ¿y si me la regresa?
El gerente hizo un gesto con la mano.
—Tranquila. Por más palancas que tenga, no son más que las de los Fonseca. La orden viene de gente de la familia Fonseca, y esta empresa es de ellos. ¿Quién va a estar por encima? Como sea, hay que apurarnos para sacarla. Que ya no se pare aquí.
—Está bien, ya entendí. Voy a hacer lo que pueda.
A Liliana le empezó a doler la cabeza.
Pero por su futuro, no le quedaba más que seguirle poniendo el pie a Mónica.
Liliana salió y le aventó una carpeta de documentos.
—Maribel, quiero que me ordenes todo lo de las últimas dos semanas. Y además hay un plan de ventas: lo quiero listo hoy.
Mónica asintió.
—Sí, jefa.

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