Mónica estaba enfocada en lo suyo y, la verdad, Leticia le daba igual.
Pero al alzar la vista de reojo, algo le brincó: se le hacía conocida.
Esa falda…
Le sonaba a que ella también tenía una.
Mónica tenía tanta ropa que era imposible acordarse de todo.
Pero de esa falda sí tenía memoria.
Fue un regalo de su mamá de cumpleaños y le encantaba.
Ese día anduvo jugando en el jardín con la falda puesta y se le rasgó tantito.
Le dolió un montón.
Así que buscó diamantes y los mandó montar encima: al final se veía todavía mejor.
Solo que, con tanta ropa y tantos cambios cada año, ya hasta se le había olvidado… si no fuera porque Leticia la traía puesta.
—Qué raro… Mi mamá dijo que esa falda era única. ¿Y entonces cómo la tiene Leticia? ¿Será pirata? —murmuró Mónica.
No le cuadraba.
Pero al verla bien… tampoco se veía pirata.
Ella siempre usaba cosas de marca; con una mirada se notaba cuando algo era imitación.
—¡No inventen! ¡Hasta tiene diamantes!
—A ver… ¡son dieciséis! ¿Cada uno ha de valer un dineral, no?
—De verdad la pobreza le pone techo a la imaginación…
Todos volvieron a exclamar.
Mónica se levantó de golpe.
Se abrió paso entre la bola y se agarró de una esquina de la falda de Leticia.
Al ver los diamantes, se quedó helada.
Esa era su falda.
Sin los diamantes, podría haber pensado que era el mismo modelo.

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