Al ver su reacción, Nuria todavía le echó más leña al fuego.
—Señorita Claudia, Cecilia no es cualquier cosa. Sobre todo con los hombres… sabe perfecto cómo manejarlos. Yo la conozco: no ha “enredado” a uno solo. Le digo la verdad: también trae algo con Lorenzo, el del Grupo Alcántara. Yo creo que hasta se acostó con él.
Ahora Claudia sí se quedó en shock.
—¿Cómo que con Lorenzo?
¿Quién no sabía quién era Lorenzo?
En Ciudad de San Martín era famosísimo; su propio papá lo había mencionado varias veces.
Antes incluso habían querido que se casara con alguien de la familia Rivas, pero Lorenzo era frío y ni volteaba a ver a nadie. Y, según decían, cero interés en mujeres.
Cristian vio que no había por dónde y lo dejó por la paz.
—No… seguro estás exagerando. ¿Cómo una simple Cecilia va a tener ese poder? —Claudia todavía dudaba.
—Es verdad. Ayer mismo me corrieron de la empresa: fue Lorenzo. Y fue por Cecilia, porque a ella le molesto yo. Lorenzo lo dijo con todas sus letras: que tiene algo con ella. Yo ya ni trabajo tengo —remató Nuria, bajando la cabeza, haciéndose la víctima.
Claudia, que de por sí era altanera, odiaba a ese tipo de mujeres.
En cuanto escuchó eso, se encendió.
—No puedo creer que sea tan colmilluda. Con razón la vez de los zapatos de Estudio Cobalto consiguió otros iguales así de fácil. ¡Con tanta gente respaldándola! Qué asco… una vieja que va de uno a otro —dijo Claudia, furiosa.
Luego miró a Nuria.
—Bueno. Ya me quedó claro. Con esto, olvídate de los treinta millones. Aquí se acaba. La gente mía no va a ir a molestarte a tu casa.
—Gracias, señorita Claudia —Nuria por dentro casi se derrumba de alivio.
Menos mal se dio cuenta a tiempo.
Si no, sin esos treinta millones… de verdad le quedaba pura desgracia.
Aunque no entendía algo: Claudia sabía que Ismael ya estaba divorciado, ¿entonces por qué le gustaba?
Con su posición, podía escoger a quien quisiera.

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