Como nadie le hizo caso, solo le quedó levantarse e irse en silencio.
Vio el coche de Ismael y Claudia pasar como bala frente a ella, y de pronto se le cruzó una idea.
Al día siguiente…
Citó a Claudia en una cafetería.
Claudia llegó con su bolso en la mano: todo era edición limitada, cosas que Nuria jamás podría pagar.
Claudia era hija de Valeria; en la familia Rivas no era la consentida, pero aun así su lugar estaba lejísimos del de Nuria.
—¿Qué? ¿Ya juntaste el dinero? —Claudia curvó los labios.
Nuria se frotó los dedos a escondidas; estaba nerviosa.
¿Juntar el dinero? Ni de chiste. No tenía de dónde sacarlo.
Helena y Patricio quizá podrían reunir algo, pero no querían vender sus propiedades ni sus acciones; todo lo guardaban para Alonso, que estudiaba fuera.
¿Ayudarla? Menos.
—Perdón, señorita Claudia. Todavía no he podido juntarlo.
Claudia la miró con burla.
—Entonces ¿para qué me hiciste venir? Qué flojera.
Iba a levantarse, pero Nuria la detuvo.
—Espere. Hoy vine a proponerle un trato.
Claudia se quedó extrañada.

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