Después, Cecilia recibió una llamada de Berta, contándole el chisme de lo que había pasado.
Cecilia lo escuchó como simple gossip.
No le interesaba lo de Nuria.
Pero algo sí era seguro: de ahora en adelante, en la familia Galindo, Nuria ya no iba a poder levantar la cara.
A ver si así se le quitaba lo hipócrita y altanera.
—
La casa de los Galindo.
Nuria por fin regresó.
Pero traía la cara perdida, como si le hubieran arrancado el alma.
En un solo día, la vida la había golpeado demasiadas veces.
Helena vio que su hija llegó y también se sorprendió.
—Nuria, por fin. Toda la familia está esperando. Tu abuela ya casi explota.
—¿Y tú qué traes? Te ves fatal.
En la mañana, Nuria salió radiante.
Y ahora regresaba irreconocible.
—Vamos —dijo Nuria, apagada.
Sabía que lo que tocaba, tocaba.
Después de perder la dignidad con Lorenzo, ya no le daba miedo nada.
Cuando Nuria entró, todas las miradas se le clavaron encima.
—Nuria, dinos una cosa. Lo del vestido de la señorita Rivas… ¿fuiste tú? —la encaró la abuela.
—Sí. Fui yo —respondió Nuria.

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