—¡Ya basta! —gritó Nuria.
Todos se quedaron más impactados.
Nuria siempre había quedado bien con todos. Nunca se había enojado.
Con una mirada llena de decepción, recorrió a todos los que estaban ahí.
—¿Su educación? Abuela… ¿de verdad me ve como su nieta? A usted solo le importa la imagen de la familia Galindo. Nunca le he importado yo. Quería que yo fuera “la niña bien” porque pensaba usarme para sacar provecho después. No me haga como que no sé lo que trae en la cabeza.
—Se los digo claro: en esta casa, aparte de la familia de mi tío, todos son unos hipócritas. Solo ven por sus intereses. Ya me harté. Ya no voy a ser la “niña perfecta” que ustedes quieren. Sí, yo la regué. Lo acepto. Yo lo resuelvo. Pero no vuelvo a pedirles nada… y ustedes no vuelvan a querer usarme para sus planes.
Helena la miró, sacudida.
—Nuria… ¿qué te pasa?
—¿Qué le pasa? Está loca. Puras tonterías. ¡Y todavía se atreve a contestarme! Ya se cree muy grande —rugió la abuela.
—Abuela, la más egoísta de esta familia es usted. Y si la casa está como está, usted también tiene la culpa —Nuria la sostuvo de la mirada, decidida a no echarse para atrás.
La abuela temblaba de coraje.
—¡Que venga el mayordomo! ¡Tráiganme el castigo de la casa! ¿Cómo se atreve a desafiarme? Hoy la voy a poner en su lugar.
El mayordomo trajo una vara.
—¡Pégale! Hoy sí va a aprender —ordenó la abuela.
Nuria se quedó quieta, sin decir nada.
El mayordomo levantó la vara y la descargó contra la espalda de Nuria.
¡Paz!
¡Paz!
¡Paz!
Golpe tras golpe. Nuria se mordió el labio y aguantó.
El dolor del cuerpo nunca era peor que el del corazón.
A estas alturas, ya no le quedaba nada.

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