Al director Lamas no le gustaba gastar tanto, pero Cecilia estaba demasiado guapa y se le metió la idea.
—Quítese —dijo Cecilia, helada.
—¿Encima me mandas al diablo? Tú, una empleadita, ¿así me hablas? ¿No sabes que puedo quejarme…?
No alcanzó a terminar.
Cecilia le soltó un golpe y le tumbó dos dientes.
—¡Ah! ¡Pinche vieja, te voy a matar!
El director Lamas se le fue encima, y Cecilia respondió de inmediato: en el cuarto lo dejó a golpes.
El tipo terminó con la cara hecha un desastre, hinchado, casi sin poder abrir los ojos.
Cecilia se sacudió las manos.
—¿Querías “arreglarlo” por debajo del agua? Te equivocaste de persona. Y dile a tu jefe que se acabó la colaboración con su empresa.
Cecilia se fue.
Sin mirar atrás.
Ya afuera del hotel, por si acaso, pensó un momento y sacó el celular para borrar el registro de sus entradas y salidas del hotel.
Si Ainhoa llegaba a enterarse, se iba a armar un problemonón.
*
Estudio Cobalto.
Isidora miró el lugar vacío de Cecilia y le dijo, inquieta, a Miriam:
—Miriam, ¿por qué tarda tanto? ¿Y si el director Lamas le hace algo?
—¿Y yo qué voy a saber? Es su trabajo —respondió Miriam, con una sonrisa satisfecha.
Miriam ya había tratado con el director Lamas: era un viejo bien mañoso.
Antes había intentado pasarse con Miriam, y ella ya no quería ni verlo.
Así que, siempre que había entrega o trámites con ese cliente, se los aventaba a alguien de abajo.
Hace poco, cuando Cecilia estaba de permiso, Miriam mandó a Isidora.
Isidora ya lo había sufrido: el director Lamas le decía cosas asquerosas y hasta llegó a meterle la mano por la ropa.
Quiso apartarse, pero era un cliente y Miriam le había dicho que no lo hiciera enojar, porque se quedaban sin chamba.

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