—No.
—¿Cómo que no? ¿No lo hiciste?
—Así es. El director Lamas es un viejo asqueroso. No sabe nada, no entiende y no tiene idea de lo que está viendo. Enseñarle diseños es perder el tiempo.
—¿Y por eso te regresaste así nomás?
—¿Y qué querías, que me dejara?
Miriam se quedó callada.
En eso, su celular sonó.
Miriam contestó y se le fue el color de la cara.
Colgó y señaló a Cecilia.
—Además de no hacer tu trabajo, ¡fuiste y golpeaste al director Lamas! ¡Ahorita está en el hospital! Cecilia, ¿te das cuenta de lo que hiciste? ¡Golpeaste a un cliente!
—Me quiso pasar a llevar. Obvio lo iba a golpear. A ver, dime: ¿tú te hubieras dejado?
—¡Tú… tú estás loca! Con esto arruinaste la colaboración. ¿No podías manejarlo de otra forma, ceder tantito?
—Sí lo intenté. Dijo que no le gustaba el diseño, y se lo trabajé ahí mismo: le dibujé varios. Igual no le gustó, porque ni siquiera entiende de diseño. Me estaba poniendo el pie a propósito. ¿Por qué iba a tratarlo bien?
Cecilia aventó los papeles sobre el escritorio de Miriam.
Miriam ni los miró.
—Está bien. Muy digna y todo, pero no tienes idea de dónde estás parada. Voy con la directora para que te corra.
Miriam se fue hecha una furia a la oficina de Nadia.
Isidora miró a Cecilia con lástima. Sabía perfecto que Miriam lo había planeado.
Si hoy no iba Cecilia, le tocaba a ella.
Y ella no sabía qué habría hecho.

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