—Pásale.
Cecilia entró y le entregó los diseños.
—Director Lamas, por favor, revíselos.
Él hojeó un momento y los dejó a un lado.
—Director Lamas, si no hay nada más, me retiro.
—Espérate. Estos diseños están mal.
—¿Cómo que mal? —Cecilia frunció el ceño y los revisó.
No eran del nivel de ella, pero estaban bastante bien para el mercado.
Seguramente eran de Miriam.
—Entonces, si quiere, me los llevo y los ajustamos. Se los traigo de nuevo.
—¿No sabes que hoy es la fecha límite? Si hoy no entregas, es incumplimiento. Y Estudio Cobalto, siendo una empresa grande, ¿se tardó uno o dos meses en un diseño tan simple? No me hagas reír.
Cecilia se agachó y sacó una pluma de su bolsa.
—Entonces, director Lamas, lo hago aquí mismo. Le garantizo que le va a gustar.
Apenas iba a empezar, cuando el director Lamas le agarró la mano.
—¿Qué está haciendo? —Cecilia se zafó y lo miró a la defensiva.
—Señorita Galindo, hay otra forma de arreglar esto. Quédate aquí un rato conmigo. Si me dejas contento, damos por bueno el diseño.
Cecilia se quedó helada.
Siempre creyó que el diseño era un trabajo limpio. No imaginó que también se topaba una con este tipo de cosas.
—Una disculpa, pero yo no soy escort. Y Estudio Cobalto trabaja con resultados, no con esas porquerías. Si no quiere que lo diseñe aquí, entonces ahí muere.
—No, no. A ver, dibuja. Te doy chance —dijo el director Lamas, estirado en la silla, con una pierna sobre la otra.
Cecilia sacó una hoja en blanco de repuesto y, en chinga, dibujó un bolso.

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