—No, no… director Urbina. Hoy… hoy solo fue curiosidad.
—¿Curiosidad? ¿De qué?
Nuria bajó la cabeza, sin atreverse a hablar.
—¡Te estoy preguntando! —subió el tono Lorenzo.
Nuria se estremeció.
—Yo… yo… pensé que usted… tenía escondido aquí a un hombre. Que era alguien que le gustaba… y por eso vine a ver.
—¿Un hombre? —Lorenzo frunció el ceño.
Ni él se imaginaba que de verdad hubiera gente creyendo que a él le gustaban los hombres.
—¿Quién te dijo que me gustan los hombres?
—Yo… no sé.
—Si eso crees, y te da tanta curiosidad… entonces entra y mira.
Nuria no entendía qué pretendía Lorenzo.
¿De verdad iba a dejarla?
—¡Entra! ¿No querías ver? Hoy te quito la duda.
Nuria tembló y entró, con el corazón a mil.
De haber sabido que Lorenzo se iba a poner así… ni muerta habría venido.
Al asomarse, vio a un hombre tirado en el piso, rodeado de sangre.
Era una escena espantosa.
Se le fueron las piernas y cayó sentada, aterrada.
Y luego salió como pudo, casi arrastrándose.
—Director Urbina… ya no quiero ver… director Urbina, ya no lo voy a seguir… —sollozó Nuria, temblando.
—Lárgate —escupió Lorenzo, helado.
Nuria salió corriendo, como si la persiguiera el diablo.
Jamás se habría imaginado que el siempre educado y amable Lorenzo tuviera una cara así de brutal.
Dejar a alguien en ese estado…
—Director Urbina, ¿qué hacemos con el de adentro? —preguntó Felipe.

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