—¡Ja, ja, ja…!
En ese instante, por fin sintió alivio.
Años de rencor, de cosas guardadas… por fin se desahogaron.
—¡Lorenzo, pinche bastardo! ¡Eres una basura! ¡Hijo de puta! ¡Ni aunque seas muy cabrón vas a cambiar lo que eres…! —Iván seguía insultando mientras vomitaba.
¡Paf!
Yolanda se le fue encima y le quebró la pierna.
—¡Aaaah!
Iván soltó un alarido.
Igual que ese día en el almacén: ahora le tocaba a él.
—¡Mi pierna… mi pierna! —lloró Iván, chillando.
—¡A ver si así dejas de insultar al director Urbina! —le gritó Yolanda.
Iván agarró el vaso de agua de la mesa y tomó un trago, despacio.
Luego les hizo una seña a sus hombres para que siguieran.
Uno de los guardaespaldas levantó una barra de metal y le reventó la otra pierna.
—¡Aaaah!
Otro grito.
El dolor le atravesó el cuerpo; le escurría el sudor.
—¡Mis piernas! ¡Auxilio! ¡Ayuda!
—Dénle —dijo Lorenzo, con los labios apenas moviéndose, helado.
¡Paf!
¡Paf!
¡Paf!
Los golpes le caían encima sin parar. Le rompieron todas las costillas.
Se oyó el crujido de hueso. Iván escupió sangre.

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