—¿Saben quién soy? ¡Cómo se atreven a secuestrarme! ¡Si salgo de aquí, no se las voy a perdonar!
Lorenzo se acercó y le acomodó una patada.
—¡Ah!
Iván chilló.
Lorenzo le hizo una seña a Yolanda para que le quitara la bolsa.
Iván ya iba a soltar una sarta de insultos, pero al ver a Lorenzo frente a él, se quedó tieso.
Se levantó de golpe y lo señaló.
—Ah, con que eras tú. Ya decía yo. Pinche bastardo… ¿no tuviste suficiente la última vez? ¿Ahora me secuestras? ¡Suéltame ya…!
Pero de pronto algo no le cuadró.
—No… a ver… ¿tú cómo… cómo estás aquí, parado?
Iván lo revisó con la mirada.
La vez pasada casi le destrozó las piernas. Y también le había quebrado costillas.
Estaba seguro de que Lorenzo quedaría inválido, que jamás volvería a levantarse.
Y aun si llegara a caminar, tendría que ser tras años de tratamiento y reposo.
Pero había pasado muy poco tiempo y ahí estaba, como si nada.
Era imposible.
—Iván, te lo dije: te iba a cobrar la cuenta. Aquí estoy. Y para que te quede claro: lo del almacén en el muelle no se me va a olvidar jamás —dijo Lorenzo con frialdad, mirándolo con desprecio.
Iván entendió el peligro e intentó huir, pero Yolanda le cerró el paso.
Le soltó una patada.
A Iván le tronó el dolor en las piernas y cayó de rodillas, hecho un desastre.
—¡Lorenzo, pinche bastardo! ¿Qué quieres?!

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