Seguramente era gente que ya llevaba demasiado tiempo ahí.
Cecilia sabía que a Mónica la habían encerrado ahí. Volteó al lado: la silueta estaba borrosa, pero era ella.
Tenía el cabello hecho un desastre, recargada en la jaula, con los ojos apagados.
—Cecilia… Cecilia, sácame… Cecilia… —murmuraba.
A Cecilia se le humedecieron los ojos.
Llegó tarde.
La había dejado sufrir sola todo esto.
—Mónica… Mónica, soy yo. Ya llegué —le susurró Cecilia.
Mónica se movió dentro del agua. Se hicieron ondas alrededor.
Miró a todos lados hasta que por fin vio a Cecilia en la jaula de al lado.
—¿Yo… yo estoy soñando? Cecilia… ¿de verdad eres tú? Cecilia…
Esos días la había extrañado a morir. Soñaba con que Cecilia la rescataba una y otra vez.
Como cuando eran niñas: cuando la secuestraron, Cecilia apareció y la llevó a casa.
—Soy yo, Mónica. Vine por ti.
—No… esto es un sueño. Tiene que ser un sueño. ¿Cómo ibas a venir? Tú solo apareces en mis sueños. Me has venido a ver muchas veces… y siempre te desapareces.
Cecilia estiró la mano. Había distancia y no alcanzaba.
—Mónica, escúchame. No estás soñando. Es real. Esta vez sí vine a sacarte de aquí. Créeme.
Mónica se quedó helada un segundo y también estiró la mano.
Sus dedos se encontraron y se aferraron.
—Es… es verdad. Estás calientita. No estás fría… Antes, cuando te agarraba en mis sueños, tus manos estaban frías y luego te ibas —dijo Mónica, temblando de emoción.

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