—Creo que ya la vi. Hace unos días, cuando hicieron una junta general, estaba todo el complejo. Ese día metieron como a una docena de nuevos y, para “darles una lección”, los pusieron al frente para que vieran cómo azotaban a los que intentaron escapar.
—Entonces, ¿dónde crees que esté ahorita?
—No sé… pero por lo general, a los nuevos les hacen pasar por un montón de cosas. Si no me equivoco, seguramente la tienen en el calabozo de agua. Casi todos aquí ya lo vivimos. Con los nuevos, lo que hacen es quebrarte por dentro: meterte miedo para que después sea más fácil controlarte.
—Si de verdad quieres salvarla, solo hay una manera.
—¿Cuál? —preguntó Cecilia.
—Hazlo a propósito: comete un error para que te encierren. A lo mejor así la encuentras.
Cecilia se quedó sin palabras.
Aunque la idea de Noa sonaba medio mala onda, era la única opción por ahora.
Noa estaba hecha pedazos, pero aun así soltó una risita de desprecio, convencida de que Cecilia se echaría para atrás. Total, ella no se iba a atrever.
Allí todos le sacaban a los castigos. ¿Quién iba a estar tan menso como para meterse en problemas a propósito?
*
Por otro lado, a Mónica ya la habían golpeado y alguien se le acercó.
—¿Ya lo pensaste? ¿Vas a trabajar o no?
A Mónica le dolía todo. Por fuera parecía una niña rica frágil, pero por dentro era terca, de carácter, con dignidad.
—Se los voy a decir claro: yo no voy a hacer esas porquerías. La gente de la República de Villa Serena no se chinga entre sí. Y ustedes… ustedes sí se atreven a sacar provecho pisoteando a los suyos. Ya les va a caer.
¡Pum!
El guardia volvió a pegarle.
Mónica soltó un grito, pero no cedió.
El encargado se agachó y le apretó la barbilla.
—Sí estás bien aferrada. Es la primera vez que veo a una nueva tan terca.
Las demás chicas ya estaban muertas de miedo y obedecían sin chistar.

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