—¿Ya vieron? Eso le pasa al que no obedece. Ahora bajen y pónganse a memorizar. En máximo dos días las ponen a trabajar. Y si no cumplen la cuota… van a acabar igual.
El gerente las dejó ahí mismo, “estudiando” cómo estafar.
Con gente golpeada frente a ellas, nadie se atrevió a aflojar. Se quedaron agachados, memorizando frases como máquinas.
Hasta la tarde fue cuando les dieron comida.
Arroz frío y unas verduras echadas a perder. A cada quien, una porción miserable.
Los que habían castigado no comían: además de la paliza, no tenían “derecho” a la comida por no cumplir.
Noa estaba a un lado, con la mirada perdida, toda ensangrentada, sin ganas de nada.
Ya no quedaba ni rastro de la Noa que la noche anterior andaba peleando por orgullo.
Cecilia se comió un poco de arroz y se acercó a Noa.
—¿No que tú ibas a durar más que yo? ¿Qué… ya no aguantas?
En otras circunstancias, Noa se habría levantado a discutir.
Pero ahora no tenía fuerzas. Le dolía todo. Ni sabía si iba a amanecer.
Apenas logró escupir unas palabras, con burla.
—No te burles. ¿Crees que tú te vas a salvar? Aquí a todos les pegan. Aunque yo me muera… la siguiente eres tú.
—No vengo a pelear. A como estás, tú tampoco quieres morirte. Toma, cómete esto.
Cecilia dejó su comida restante frente a ella.
Noa no se la creyó.
—¿Y esto qué? ¿Qué traes?
—Si no quieres morirte, cómetelo. Y quiero preguntarte algo. Si me dices la verdad, a lo mejor sí sales de aquí.
Noa miró alrededor. Los guardias estaban afuera, así que se animó un poco.
—¿Qué quieres saber?

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