Y el que recibía el golpe ni chistar podía. Si se quejaba, le iba peor.
En total eran como treinta y tantos. Cecilia miró alrededor: Mónica seguía sin aparecer.
No sabía en qué parte la tenían encerrada.
Había más de diez guardias con rifles, vigilando. Nadie se atrevía a hacer nada.
Cuando el gerente acabó de hablar, los obligaron a gritar consignas.
—¡Si quieres triunfar, primero enloquece!
—¡Si quieres triunfar, primero enloquece!
Todos gritaban como si estuvieran motivadísimos. Si no supieras, pensarías que iban a salir a pelear una guerra.
Luego, los que ya conocían el lugar se fueron directo a trabajar. Ni desayuno les dieron.
—Ustedes cinco, vengan —dijo un hombre, señalando a Cecilia y a otros.
Eran nuevos. Todavía ni pasaban por la “capacitación”.
Los llevaron a una oficina.
A cada quien le dieron un paquete de hojas: guiones para estafar, lo de siempre.
—Esto es lo que van a hacer. Y grábenselo: aquí no se escapa nadie. Solo cuando cumplan la cuota y paguen lo que le deben a la empresa, se pueden ir.
Al oír que podían irse, un hombre junto a Cecilia preguntó:
—¿De verdad? ¿Sí nos dejan ir?
—Claro. Nosotros cumplimos lo que decimos. Pero solo si hacen su trabajo y pagan su deuda.
—¿Y cuánto debemos? —volvió a preguntar el hombre.
El gerente habló con desdén.
—Por ahora, cada uno debe un millón de pesos.
Hasta Cecilia se sacó de onda. Apenas los acababan de meter y ya les cargaban una deuda así. Era una grosería.
El hombre no entendía.
—¿Cómo? Si acabamos de llegar… ¿por qué debemos tanto?

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